Hace unos años, en 2008, publiqué una serie de artículos sobre las necesidades de reforma democrática que tenía/tiene España. Viendo que por fin surge un movimiento ciudadano, "Democracia Real Ya", aprovecho para publicar en este blog, que tenía abandonado, aquellos viejos textos que siguen siendo actuales. Comienzo con el sistema educativo, que debería ser la primera y más urgente reforma que necesitamos si queremos ser una auténtica democracia:
España tiene más de 60 universidades públicas. Casi podemos hablar de universidad local y el número de licenciados ha crecido tanto que los títulos han perdido relativamente todo su valor. Si antes ser licenciado, ingeniero, arquitecto o doctor era un logro por todos loado, hoy el que no lo consigue parece un inútil, un patoso, alguien discriminado por su poco valor profesional.
Sin embargo, la Universidad, por definición, en esencia, debería permitir que unos pocos, siempre los mejores, alcanzasen unas cotas que respetase la sociedad al completo. Con decenas de miles de licenciados el título, por ejemplo, de Derecho, no vale prácticamente nada. Incluso yo lo tengo. Y la Universidad debería ser, para seguir siéndolo, un filtro que preparase a los mejores estudiantes para encargarse de las responsabilidades más arduas y exigentes que existen en cualquier comunidad. Podré ser elitista, pero es que ser universitario debería serlo. Con las siguientes condiciones:
- Deberían existir muchas menos universidades porque deberían haber muchos menos alumnos. Sólo los mejores, y todos los mejores, con independencia del poder adquisitivo del aspirante a universitario. Un sistema de enseñanza superior debe asegurar que lleguen todos los mejores con un sistema de becas más que suficiente. Aparte, si se reduce el número de titulados superiores, las posibilidades de lograr empleo para estos serán mucho mayores. ¡Basta ya de licenciados que aspiran a trabajos para los que no han sido preparados y cuyas plazas han sido ocupadas por otros mejores estudiantes!
- Al haber menos universidades, habrá mayores posibilidades de que el profesorado se encuentre a la altura del reto. Actualmente, con la proliferación de facultades por toda la geografía española es fácil encontrarse con numerosos indocumentados que dan clases en las aulas universitarias. Hay algunos que ni siquiera se saben su asignatura. Con menos cátedras, también será posible controlar los abusos y nepotismos que asolan los claustros de todas las universidades de España. Igual que los estudiantes deben ser los mejores, los profesores deben ser, sin excepción, magníficos, extraordinarios, sublimes.
- El estudio de una carrera no debe cortar las alas al estudiante. Está bien que nos adaptemos al sistema europeo. Pero si realmente Bolonia nos obliga a estudiar tan poco durante la carrera, sobrepasemos esos mínimos y exijamos muchísimo más a esa élite que vamos a financiar entre todos. Europa tiene cosas buenas, pero otras son basura. Nuestros ingenieros son cojonudos, pero quieren cambiar las Ingenierías. ¡Nunca! Para algo que funciona, por favor que no lo toquen los burócratas. La universidad debe ser difícil, dura, sólo apta para buenos, responsables y brillantes pupilos.
- Lógicamente, la universidad pública sólo debe ser accesible a aquellos que saquen buenas calificaciones. Acabemos con esas rémoras que estudian por dos duros durante lustros. El sistema universitario debe ser exigente y selectivo.
- Ya hablé en el pasado artículo sobre la conveniencia de prolongar la enseñanza escolar hasta los 20 años. Así combinaríamos el exceso de universitarios con una formación algo mejor. En esos dos años no sería difícil incluir todo lo que actualmente se estudia, por ejemplo, en Derecho o Periodismo. Y, por supuesto, si se redujesen drásticamente las plazas universitarias, habría que dar alternativas de estudios, sobre todo en el terreno práctico, para preparar laboralmente a los futuros ciudadanos. La universidad necesita preparar hondamente a sus alumnos, y actualmente ni siquiera los prepara para ser eficaces en el trabajo o responsables ante cada una de las citas electorales.
- Cualquier carrera, de la clase que sea, debe ser potenciada por estudios humanistas que formen íntegramente al estudiante. No queremos empresarios, abogados, jueces o ingenieros sin ética ni cultura. Queremos tíos como Gregorio Marañón, Carlos Jiménez Díaz o Santiago Ramón y Cajal.
- Como todo lo anterior sé que va contra el espíritu de los tiempos, que quiere igualar por abajo a una sociedad de ignorantes, propongo la creación de unos nuevos títulos inteligibles que igualen a los viejos. Actualmente, sólo se consideran excelentes aquellos que consiguen hacer un master. Y estos suelen ser aquellos que tienen pasta. Y esto no es de recibo. No se pueden coartar las brillantes expectativas de nadie simplemente por su capacidad para pagar estudios de postgrado.
Sé perfectamente lo utópico de mis palabras. Pero, creo yo, deberíamos aspirar a ser Oxford, Cambridge, Harvard, Yale o la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente España no tiene una sola universidad entre las cien primeras del mundo. La dirección de cada una de las públicas está absolutamente politizada. Debemos recuperar el espíritu que hizo nacer la Universidad. Restrinjamos las plazas, mejoremos el profesorado, elevemos sumamente el nivel de los estudios y volvamos a respetar la palabra licenciado.
P.S.: Me queda escribir, cuando menos, un artículo más sobre el sistema educativo. Se referirá a lo que se puede hacer con los peores estudiantes. Pero antes me dedicaré a analizar y soñar sobre otros ámbitos de la Sociedad y el Estado.
(Artículo publicado en 2008)
Muchos lectores, con razón, me han pedido que, ya que critico con pesimismo y amargura la realidad político-social en la que existo, dé unas cuantas ideas para, cuando menos, intentar solucionar el galimatías que ha hecho de Groucho el Marx del siglo XXI. Siempre pretendo dejar algún atisbo de lo que creo podría servir para solucionar parcialmente nuestros problemas. Si no insisto más en el tema es porque creo que no hay remedio. Pero, una vez recibido el reto, comienzo una serie de artículos que esbozarán mis ideas, casi nunca originales. Sólo eso; no intento salvar ni cambiar el mundo. Sé dónde vivo, y sé bien hasta qué punto no soy nadie.
Estas ideas, que deberían formar de un libro que, por desesperanza, jamás escribiré, parten de una idea: una sociedad democrática donde cada individuo sea un ciudadano responsable conocedor de sus derechos y de sus obligaciones, con una buena cultura y un desarrollado espíritu crítico. Para ello es necesaria una buena educación desde la más tierna infancia hasta llegar a la madurez intelectual, profesional y social. Así, creo que habría que cambiar el actual sistema educativo en los siguientes puntos:
- Hay que dejarse de insulsos e ínfimos planes de estudios. Se ha igualado la enseñanza, pero por abajo, para que así todos puedan pasar de curso. Sin embargo, sólo se ha conseguido aumentar el porcentaje de fracaso escolar al tiempo que se han bajado los niveles globales de aprendizaje. Por eso, hay que recuperar un plan de estudios donde se sumerja al alumno en una comprensión razonada, completa y honda de: el lenguaje español, que es el que nos permite comunicarnos entre nosotros y con cientos de millones de personas de todo el mundo; asimismo, hay que aprender bien y desde pequeños un segundo idioma, preferentemente el inglés, aunque hay que dejar la puerta abierta a aquellos que puedan preferir algún idioma secundario por motivos económicos u oportunistas (chino, francés, alemán, italiano, etc.) o político-culturales (catalán, vascuence, gallego, ¡asturiano!, etc.); el estudio de las matemáticas debe volver al sistema antiguo para que los niños combinen memoria y razonamiento matemático puesto que el matemático es otro lenguaje que se debe conocer en profundidad; el conocimiento histórico-geográfico de España y su entorno con un nivel de exigencia mucho mayor y más global que el actual; por último, un conocimiento básico pero alto de las ciencias de la naturaleza así como de la física y de la química.
- Todo lo dicho anteriormente no tiene sentido si no se recuperan las ideas de mérito y excelencia. Se debe distinguir, sistemática y justamente, a los mejores alumnos. Que existan buenos alumnos no significa que los demás sean tontos. Los buenos alumnos deben existir desde el momento en que se evalúa. Por tanto, habrá notas mejores que otras. Y al buen alumno se le debe premiar por su mayor esfuerzo y mejor trabajo. Hay que premiar la excelencia, para mí el espíritu rector del sistema educativo.
- Por otro lado, las técnicas de estudio deben recuperar viejas potencias mentales, en especial la memoria. De nada sirve potenciar la creatividad o el razonamiento si no se profundiza en la base de datos. El sistema educativo debe educar al individuo en todos los terrenos para que esa maravillosa herramienta que llamamos cerebro alcance su máximo desarrollo.
- La educación no debe ser amoral. Debe estar siempre impregnada de enseñanzas éticas y cívicas para que los muchachos aprendan a ser ciudadanos, nunca súbditos. Esto no quiere decir que se aprenda tan solo un catecismo. Todo lo contrario. Debemos formar a los niños en el aprendizaje de nuestros valores, sin que ello signifique un aprendizaje religioso concreto. La catequesis en la parroquia. La ética en el colegio, siempre como asignatura transversal.
- Al exigir más a los chavales, habrá que dedicar esfuerzo y dinero a ayudar a aquellos niños que no alcancen el nivel deseado o que, por su origen, tengan pocas facilidades en casa. En lugar de un sistema de máximos, como el actual, hay que implantar un sistema de mínimos que asegure que los españoles sean auténticos ciudadanos. Y hay que hacer todo lo posible para que nadie se quede en el camino y todos, sin importar su entorno social y económico, puedan llegar a lo más alto. Las adaptaciones curriculares deben ser tan asiduas como eficaces, nunca una medida excepcional.
- El profesorado debe ser a su vez excelente. Se debe trabajar mucho más en la formación del profesorado, pero no con técnicas pedagógicas o psicológicas que han demostrado, año tras año, su escasa eficacia. El maestro debe saber mucho y tener vocación, y para eso hace falta reclutar a los mejores, cosa imposible si los salarios siguen siendo los actuales.
- Por otro lado, la escuela pública debe de gozar de medios suficientes para enseñar impecablemente a su alumnado. Hay que impedir que, como está ocurriendo, los institutos sean los refugios de los menos adaptados y los peores estudiantes. La enseñanza pública debe recuperar un prestigio que quizás nunca tuvo en nuestro país.
- Para ello es obligatorio que en toda la enseñanza escolar se recuperen los mínimos valores de disciplina que den de nuevo la autoridad al profesorado. Los padres no deben entrar en la dirección de los centros y los alumnos deben ser castigados cuando lo merezcan. En cuanto aún no son sujetos éticos completamente formados, los alumnos deben saber qué pueden o no hacer, y luego atenerse a las consecuencias. No hablo de castigos físicos cruentos e inútiles, sino de una disciplina férrea que trate al escolar como lo que es: un subordinado del maestro.
- Viendo cómo funciona el mundo y la tardía madurez que alcanzan actualmente los jóvenes, y partiendo de la idea que tengo de la universidad –de la que hablaré próximamente– como centro de enseñanza superior exclusivo para los mejores estudiantes, creo que habría que aumentar la escolaridad hasta los 20 años. La enseñanza primaria obligatoria debería durar hasta los 14: La secundaria, también obligatoria, hasta los 16 en institutos o centros de formación profesional.
- Consiguientemente, también es necesario dar la fuerza necesaria y el atractivo perentorio a los programas de formación profesional que, en cualquier caso, deberían continuar con el esfuerzo para convertir a los chavales en sujetos merecedores del derecho al voto, de sujetos de la soberanía nacional.
- Por último, se debe mejorar el control estatal. En lugar de esas inspecciones inútiles protagonizadas por funcionarios amargados, se deben hacer tres exámenes a nivel estatal. Dos al terminar cada una de las dos fases de enseñanza obligatoria y otro al terminar el instituto, con independencia de las pruebas de acceso a la universidad que se estimen convenientes.
Estas son sólo unas cuantas ideas meditadas a lo largo de los años. Son de evidente carácter utópico, y supongo que en completo desacuerdo con el espíritu de los tiempos. Pero hay que mejorar el paisanaje, sobre todo si, como yo lo hago, deseamos recuperar el espíritu auténticamente democrático de los Estados.
Resulta que ahora quieren anular la sentencia que condenó a Miguel Hernández a la cárcel y, por tanto, a una muerte por enfermedad que, como muchas otras, debería haberse evitado. La familia, dicen, pretende que se recupere el buen nombre del genial poeta de Orihuela.
¿Aguien en su sano juicio duda del buen nombre de Hernández? ¿A qué viene a estas alturas ponernos a revisar sentencias de hace 70 años cuando sus efectos hace casi el mismo tiempo que acabaron con su vida y con todos los poemas que podría habernos regalado? ¿Acaso la anulación de la sentencia va a tener algún valor, aunque sea simbólico? ¿Va a devolvernos la vida del poeta?
En lugar de continuar centrándonos en chorradas como anulación de este tipo de sentencias, deberíamos replantearnos cómo se lee en España. Miguel Hernández sigue constreñido a su vieja figura de cabrero amigo de las musas que hizo una genial elegía a Ramón Sijé y al que cantó Serrat. Pero fue mucho más que eso. Si queremos hacerle justicia, creemos un sistema educativo que enseñe a comprender y disfrutar su descomunal creación y que fomente entre todos los ciudadanos el amor a nuestros más grandes escritores, a ver si cunde el ejemplo y recuperamos cierta calidad literaria.
En lugar de anular sentencias, leamos a Miguel Hernández, desde sus primeros versos a sus últimas cartas. Pidamos una buen edición crítica de su obra completa y no la que editó España hace un año, tan austera como inaccesible para la gran mayoría. Exijamos que alguien, de una maldita vez, estudie y dilucide qué parte del Cossío fue escrita por él.
El poeta de Orihuela tiene buen nombre entre la mayoría, pero apenas lectores. Y eso sí que es una injusticia brutal, incalificable, seguramente insalvable.
Pero nada, a seguir mirando los árboles sin tener intención de ver el bosque.
Daniel Martín
Telecinco es una enorme dominadora del marketing que compagina la prensa del cotilleo con los donnadies más ramplones y chabacanos. El canal de Berlusconi -¡En Italia un extranjero no puede poseer acciones de un canal nacional!- es capaz de convertir en estrella mediática a cualquier personaje con un mínimo de personalidad. No hablo sólo de "Gran Hermano" o engendros similares, sino también de divas de baratillo como Carmen Lomana, Mila Ximénez y, sobre todo, Belén Esteban.
En las últimas semanas Telecinco está sacando jugo a un documental donde se titula a la madre de la hija mayor de Jesulín de Ubrique como "La princesa del pueblo" y se hace una inopinada comparación de esta señora con Diana de Gales o Evita Pérón. El invento funciona, y son muchos los que ya comienzan a decir que La Esteban habla como la gente del pueblo.
A muchos les ha sorprendido que Belén Esteban aparezca como una posible tercera fuerza más votada si se presentara a unas elecciones. Más que su popularidad, muestra el hastío y la decepción de la sociedad para con sus políticos. A otros les indigna que en una monarquía se otorgue un título principesco a una señora que no ha hecho gran cosa en la vida salvo la de ser el mayor bombazo televisivo de la historia. Y casi todos se asombran porque algo tan pequeño pueda resultar tan grande.
El fenómeno Belen Esteban es realmente decepcionante. Se dice que esta señora tiene mucho sentido común y que, a pesar de sus maneras hoscas, violentas, chulescas, zafias y verduleras, dice verdades como puños. Incluso he oído ponderar su integridad moral. Pero, ¿alguien que hace carrera a partir de un embarazo, de una hija por la que dice constantemente que mataría, que no duda en insultar, que ha hecho de su vida privada (siempre dice que no menten a su padre pero ella nunca deja de hablar de su familia) su modo de ganarse la vida, es realmente un ejemplo a seguir? Belen Esteban, como todos, a veces dice cosas bastante razonables. Pero siempre está de mala leche, sus formas hacen perder la fuerza dialéctica de sus palabras y, sobre todo, son más las gilipolleces y los lugares comunes que suelta que las ideas brillantes que tiene.
Telecinco, Jorge Javier Vázquez y programas como "Sálvame" son pura basura. Belén Esteban es un invento que debe estudiarse en sentido sociológico. Seguramente sea, para bien o para mal, la persona más popular de España. Si es víctima o aprovechada, el tiempo lo dirá. Pero, por sus modos barriobajeros, agresivos y groseros, por sus palabras altisonantes carentes de contenido, por su manera de aprovechar sus quince minutos de fama para ir de pobre mujer cuando se está forrando, es perfecto modelo a seguir y reflejar la sociedad española del siglo XXI. En ese sentido, es la auténtica princesa del pueblo.
Si no, reflexionemos cómo alguien así puede resultar tan envidiado por la sociedad a la que representa.
Daniel Martín
Nadie sabe muy bien por qué, pero este miércoles 29 de septiembre ha tenido lugar una huelga general que, como suele ocurrir en España, todos han ganado menos los ciudadanos españoles. Con la que está cayendo, los sindicatos han considerado conveniente intentar paralizar el país para que así las cifras sean aún más deprimentes.
No voy a entrar a valorar si la huelga ha triunfado o no, si había que protestar -nunca tan tarde- contra la reforma laboral -una mierda, por otro lado- o si a estas alturas de siglo tiene algún sentido una huelga general, es decir, una huelga política -por cierto, prohibidas por la ley española-.
Lo que realmente me escandaliza es cómo transcurren las huelgas en España. Una cosa es que exista el derecho a no trabajar como protesta y otra que se puedan utilizar medidas coercitivas para asegurar que nadie trabaje. Eso está penado por la ley y va contra el derecho de libre circulación de personas.
Aquí, con cada huelga, se bloquean carreteras, puertos o vías, se destrozan cerraduras, se queman neumáticos, se amenaza, agrede o insulta como si tal cosa. Como nunca se hace nada al respecto, se va teniendo la impresión de que eso es lo normal. He escuchado a periodistas decir que las fuerzas sindicales no han usado la fuerza desde el 78. ¡Porque a todo eso no se lo considera violencia!
Una huelga debe transcurrir en el clima de la mayor tranquilidad. No debe haber el más mínimo síntoma de coacción. Lo único que he visto a mi alrededor durante esta huelga general es miedo: a una agresión, a que te rompan el cristal del coche, a un pinchazo, a que no haya trenes, etc. MIEDO. No entiendo que el derecho a la huelga pueda ser algo así. Los que convierten una huelga en algo semejante deberían ir a la cárcel, como establece la ley penal. Pero hasta los servicios mínimos, aceptados como cosa normal, son por definición algo limitativo de la libertad del trabajador. Así nos va.
Daniel Martín
El pasado fin de semana agentes de la Guardia Civil se manifestaron en Madrid. Cualquiera que conozca ligeramente cómo funciona la Benemerita, sabrá que sus medios, más que precarios, son paupérrimos: no tienen gasolina, linternas, bolis, papel ordenadiores... material de ningún tipo. Su sueldo, comparado con la Policía Nacional, es un insulto. Comparado con las policías autonómicas, es ridículo.
Eso se sabe. Pero nadie hace nada. Supongo que cualquier Cuerpo de la Seguridad del Estado debería contar con los medios mínimamente necesarios para realizar su labor con dignidad y eficacia. Lo de la Guardia Civil es el ejemplo más llamativo de lo mal repartidas que están las partidas de los Presupuestos Generales del Estado.
Por eso propongo que se comience de cero a realizar la distribución del gasto público. Lo primero debería ser lo primero: Seguridad Social, Policía, Educación, Obras Públicas... y así hasta terminar de financiar los elementos más importantes del Estado. Si luego queda dinero, podríamos plantearnos la cantidad de chorradas en las que se gasta el dinero público, desde las subvenciones culturales -a cine, teatro, festivales de San Sebastián, Málaga y un eterno etcétera- a los sueldos de los asesores de los políticos, pasando por los gastos en fiestas populares, los pagos a partidos políticos, sindicatos y demás instituciones que viven de las arcas públicas.
Eso, unido a la supresión de impuestos o tasas que sólo sirven para prorrogar la existencia de gorrones de todo tipo, serviría para ajustar a justicia, valga la redundancia, el Gasto Público y convertirlo en algo transparente, equitativo, adecuado a nuestras auténticas necesidades y cercano al resto de países europeos y alejarlo de todas esos despropósitos que permiten que muchas personas, de manera completamente injustificada e ilegítima, sigan viviendo de lo Público. En el sentido presupuestario, somos país completamente subdesarrollado.
Daniel Martín
El pasado sábado se celebró en Madrid la "Noche Blanca", de nuevo con enorme éxito de público. La jornada constaba de más de doscientas atracciones, la mayoría de pago, aunque para los madrileños resultase gratuito. Es decir, que se pudiese bailar en la plaza de Cibeles no le resultó gratis al Ayuntamiento, el más endeudado de España, quizás del mundo, a unos niveles ciertamente escandalosos.
Hace unos días, en las fiestas de mi pueblo, se lanzaron fuegos artificiales durante casi 40 minutos. La gente disfrutó del espectáculo absolutamente embobada, en la idea, muy difundida, de que aquello nos resultaba gratis a los espectadores.
Para comenzar a ser un país serio, deberíamos comprender de una vez por todas que todas esas actividades orgainzadas por municipios, diputaciones o comunidades autónomas no son gratuitas. Se sufragan con el dinero del presupuesto que, de un modo u otro, aportamos todos los ciudadanos cuando pagamos nuestros impuestos. También muchos deberían tener claro que, cuando el IRPF sale a devolver, aun así se ha pagado al Estado, incluso se le ha prestado, sin intereses, ese dinero que al final se le devuelve.
España es el país del entorno europeo donde más dinero se derrocha en las actividades más variopintas. Aquí el patrocinaje y mecenazgo de eventos son bastante poco activos, sobre todo porque somos un país de subvenciones y demás prebendas. Pero esas cosas se pagan... con nuestro dinero.
Con la que está cayendo, no creo muy serio que nos pongamos a organizar acontecimientos ruinosos. Su gran éxito es que consiguen entretener al pueblo sin que este sea consciente de que realmente se está gastando su dinero. Resulta terrorífico que el "pan y circo" sea ahora tan actual como en tiempos del tirano Sila.
Muchos dirán que la "Noche Blanca" y las fiestas de los pueblos son eventos populares y necesarios. Seguramente lo sean. Pero estamos pasando por una crisis total, y las administraciones públicas andan muy escasas de fondos para pagar las cosas realmente importantes. Si estas cosas superfluas no pueden sufragarse con fondos privados... ¿en serio queremos seguir adelante con ellas? Entonces, por lo menos que no sean tan escandalosamente ostentosas. La ruina, así, va a llegar inevitablemente. Intentemos cuando menos que llegue un poquito más tarde.
Daniel Martín
Prescindamos de sus respectivos pasados, de quién es cada uno. Sólo pensemos en sus últimos actos. "El Rafita" fue detenido por intentar robar una furgoneta y, tras un fugaz paso por el calabozo, quedó en libertad con cargos con la obligación de presentarse en el juzgado cada dos semanas. Tiene otros 7 juicios pendientes. A Jesús Neira le pillaron conduciendo borracho. Menos de una semana después, ya ha sido juzgado, se quedará 10 meses sin carnet, pagará un porrón de euros de multa y tendrá que prestar servicios sociales.
Esa es la España en la que vivimos. Para el delincuente habitual la justicia marcha despacio, todos son derechos y el castigo tarda en llegar y, cuando llega, suele ser de manera leve. El ciudadano de a pie se enfrenta a una justicia rápida e implacable. Da la impresión de que, a estas alturas, compensa más pasarse al otro lado de la ley que ser un ciudadano cualquiera.
Cuando, en un Estado de Derecho, por presunto que sea, la Justicia funciona antes y de manera más severa contra el conductor, borracho o no, que contra el que va contra el sistema de manera pertinaz, algo falla. Para que esto siga funcionando así es necesaria la colaboración pasiva de una sociedad atocinada y una opinión pública manejada por unos medios de comunicación completamente desinformados. "El Rafita" siempre será el asesino de Sandra Palo, el único delito por el que ya ha pagado -de manera mísera, lo sé, pero esa es la ley penal contra la que no protestamos salvo cuando ocurre algún hecho tan luctuoso-, y Jesús Neira, ahora, es alguien relacionado con un partido político.
Pero, insisto, comparemos los dos casos para observar cuál es nuestra realidad: aquí se castiga antes al ciudadano normal que al delincuente. No sé si esto es ridículo o trágico, pero desde luego tengo claro que es otro fracaso de nuestro endeble binomio Estado-Sociedad.
Daniel Martín
Es habitual que los responsables políticos y pedagógicos del sistema educativo defiendan que, en España, de lo que se trata es de conseguir un mínimo común entre los estudiantes. Hoy mismo, en 'El País', un reportaje defiende esta opción frenta a algunos sistemas germánicos que dividen las clases según los niveles de cada alumno.
Sin embargo, desde siempre en la enseñanza de idiomas lo primero que se hace es un examen para comprobar el nivel del alumno y así situarlo en una clase donde sus compañeros tengan un nivel similar y así el profesor se enfrente a un alumnado más o menos uniforme. De esta manera, además, cada estudiante podrá ir avanzando según sus propios conocimiento y capacidad.
A mi entender, esto debería ser la regla común en todas las asignaturas colegiales. Evidentemente, con esas asignaturas que, como Biología o Historia, son más de estudiar que de capacidad no es tan necesario recurrir a tal medida, aunque otra cosa sería si hablamos de los problemas de, por ejemplo, Genética o de los comentarios de texto históricos. Pero en asignaturas como Matemáticas, Lengua o Inglés, donde es imposible ascender un peldaño sin haber asentado bien y sólidamente el anterior, creo que, si buscamos el máximo de cada chaval, es necesario que las clases se dividan según niveles.
Así, los chavales que tienen problemas con las operaciones matemáticas básicas no tendrían que comenzar a trabajar con ecuaciones que les suenan a chino. O, ¿cómo ponernos a estudiar la sintaxis de la oración compuesta si no se entiende bien lo que es un sujeto? Con este sistema también se consigue que los alumnos de un nivel superior no se aburran repitiendo cosas sencillas mientras los otros les van alcanzando. Sólo de esta manera es posible acercarse a cada alumno con un mínimo de garantías docentes.
Sé que lo que escribo es absolutamente impopular. Aquí se entiende que un sistema de división según niveles como el que propongo sólo es una manera de discriminar. Pero es que la vida ya nos discrimina por sí misma. El gran avance de los sistemas democráticos de los últimos dos siglos ha sido que todos seamos iguales ante la ley, que se igualen nuestras oportunidades... pero eso no significa que todos seamos iguales. Ni mucho menos que todo deba ser uniforme, porque de esta manera lo único que hacemos es aniquilar el individuo a costa del grupo. Y, según el mundo en el que vivimos, el individuo debe ser lo más soberano e inatacable.
Con el sistema educativo de café para todos se margina al de menos nivel porque le obligan a aprender cosas para las que aún no está preparado. Y al de más nivel a no seguir avanzando en sus conocimientos. Aparte deben seguir existiendo programas de adaptación curricular. Pero con lo que tenemos, el plan de estudios es ridículo, nada formativo, inútil en casi todos los aspectos, y aun así no se consigue que descienda el porcentaje de fracaso escolar.
Entiendo que, si queremos realmente formar a los chavales, hay que trabajar para ello. Y un buen camino sería aprender aceptar que los alumnos, si bien todos son iguales ante la ley y todos serán ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones, como personas son absolutamente únicas. Un sistema con niveles ayudaría muchísimo más a hacer accesible la educación a cada uno según sus propias necesidades para, en lugar del mínimo común, conseguir extraer de cada uno lo máximo individual.
Daniel Martín
En el libro de la UNED "El lenguaje humano", que se debe estudiar en 1º de la nueva carrera de Lengua y Literatura, en el tema 2, "La lingüística como ciencia", se explica que hoy en día la lengua no explica cómo debemos hablar y escribir, sino que se ha convertido en una ciencia descriptiva: observa el lenguaje como fenómeno humano e intenta explicar cómo funciona. Bajo esta perspectiva, no es de extrañar la dictadura estructuralista que se ha impuesto en la disciplina en los últimos años, de tal manera que hay tantas teorías como estudiosos, sin que uno sepa a qué atenerse.
Esto encaja perfectamente con la Teoría de la Refutabilidad de Karl Popper que dice que una ciencia, para serlo, debe ser susceptible de refutación. Bajo esta perspectiva, un axioma matemático no es científico. Pero ciencias empíricas como la Psicología y la Sociología lo son en letras mayúsculas. De ahí que ahora un tipo haya hecho un estudio que desdice todo lo que afirmó Max Weber.
Las ciencias empíricas tienen su importancia. El problema es que los resultados de cualquier estudio son siempre opinables. De ahí que no dejen de hacerse nuevos estudios cuyos resultados por lo general no coinciden casi nunca con los antañones. Pero cada uno de estos resultados se aplica a la realidad como si fuera un dogma de fe. Así, si una estadística dice que el 90% de los españoles no respeta los límites de velocidad, se nos considere a casi todos presuntos culpables de una infracción de tráfico.
El pasado fin de semana, en un dominical, apareció un reportaje sobre la aplicación de la teoría psicopedagógica que defiende que a los niños menores de tres años hay que estimularles continuamente para que sean más inteligentes. En el mismo artículo varios pedagogos defendían que eso no era bueno porque impedía el desarrollo emocional y familiar del infante. La cuestión es que las dos opiniones responden al mismo método. Pero, ¿pueden coexistir dos verdades antitéticas?
Cualquiera que conozca el sistema educativo de modo más o menos cercano, se da cuenta del peso que tienen la pedagogía, la psicología y la sociología. No siempre del mismo modo y la misma perspectiva, lo que convierte cada país, región, colegio o aula en un altar consagrado de manera fervorosa y fanática a teorías que pueden decir cosas completamente contrarias.
La existencia de las ciencias empíricas quizás sea necesaria. Pero habría que cambiar radicalmente la perspectiva que se tiene sobre ellas. Cada teoría lanzada por un estudio es sólo una teoría. No hay dogmas, ni axiomas, no hay verdades cuando tratamos de ellas. Aplicarlas al mundo real como si se tratasen de teoremas matemáticos o leyes físicas es un error salvaje que convierte a los humanos en conejillos de indias.
Si queremos tener un buen sistema educativo, habría que poner en duda todas las teorías que se manejan. Sobre todo porque están hechas por personas que no viven el día a día en un aula. En este sentido, ya que de empirismo se trata, no hay nada como la experiencia del maestro para saber qué camino seguir.
Todo lo demás es palabrería. Seguir adorando a ídolos con pies barro nos convierte en salvajes fundamentalistas.
Daniel Martín
Nadie ignora que, en los últimos años, se ha legislado de tal manera que muchas leyes han sido reformas constitucionales encubiertas. En especial los diversos estatutos que han dado a las comunidades autónomas más de lo que la Constitución de 1978 -de por sí muy voluble y permisiva- permitía. De ahí que el Tribunal Constitucional, de aquella manera, hizo una sentencia sobre el Estatut para, cuando menos, guardar las apariencias y poner un mínimo freno al ansia de poder y dinero de los catalanistas.
El pasado viernes, tras Consejo de Ministros, el Gobierno reconoció haberse puesto a trabajar en una reforma de la Ley General del Poder Judicial (la del 85 ya tenía cojones) para adaptar la legislación a lo que decía el Estatut y formar una España con 17 sistemas judiciales autónomos casi por completo. Así, dijeron, se podría solventar los problemas creados por la sentencia del TC.
Lo sorpredente de este asunto no es que se desobedezca al TC o a la Constitución. Ni siquiera que el Gobierno reconozca su voluntad de pasarse por el arco del triunfo las normas del Estado. Lo alucinante es que se diga de una manera tan directa, tan descarada -como si el fraude de ley, aunque institucional, fuera lo más lógico del mundo cuando el principal intérprete de la Constitución no dice lo que queremos- y nadie haya puesto la voz en el cielo.
Ante despropósitos y desmanes como el citado, en cualquier país del mundo la gente saldría a la calle y las protestas derrocarían a un Gobierno tan alegal como despótico. España, en cuanto no tiene una sociedad mínimamente formada e interesada en los asuntos públicos, no es un país ni civilizado ni democrático. El demos pasa de todo y el Gobierno puede infringir la ley como si tal cosa. Después de todo, pocas veces se cumplen las normas en España, ¿por qué el Gobierno había de ser menos?
Lamentablemente, así no iremos a ninguna parte.
Daniel Martín
Suele ser en verano cuando Marruecos se ríe de España. Sus mañas, arteras y desleales, son muy diversas y nosotros, salvo en muy contadas ocasiones, no hemos sabido enfrentarnos a sus afrentas con un mínimo de gallardía y seriedad. Cuando, como ahora, Marruecos nos reta con una especie de broma pesada con forma de bloqueo a las ciudades de Ceuta y Melilla, tan solo el Rey, el jefe del Estado, y José María Aznar, que ya no es nadie, acuden a hacer un numerito para ganar popularidad pero no acabar con el pitorreo alauita.
España, hoy en día, es una potencia deportiva cuyos éxitos son envidiados por muchos otros países. Fútbol, baloncesto, tenis... nos dan enormes alegrías con una frecuencia a la que quizás no deberíamos acostumbranos. Es más, nadie en el globo acoge tantas pruebas de los mundiales de motociclismo y fórmula 1. Si hasta tenemos un Masters 1000 de tenis.
El deporte, no obstante, sólo da muestra de que vivimos como nuevos ricos, más pendientes de las apariencias que de la solidez de nuestras casas. Nuestro Estado, y sus abcesos autonómicos, provinciales y municipales -a lo que hay que unir lo que pagamos a la UE- se nutren de unas arcas que, aunque lo parezcan, no son inagotables. Los cargos políticos tienen suculentos sueldos, lo que permite que los partidos y sus servidores vivan mejor que bien, lo que a su vez potencia que estos tipos estén más pendientes de perpetuarse en el poder que hacer las cosas que realmente necesita España.
Nuestro país goza de una Seguridad Social modélica. Pero muy cara. El sistema de pensiones también peligra ante los constantes y disparatados desmanes del Gasto Público. La calidad de la enseñanza pública deja mucho que desear, sobre todo en lo relacionado con lo universitario y sus extensiones investigadoras. Las fuerzas de seguridad del Estado -y de lo que lo es sin serlo- no tienen los medios ni las ganas para realizar con eficacia el monopolio coercitivo del Estado, con especial precariedad en el caso de la Guardia Civil. Nuestro Ejército es un mal chiste, con muy buenos oficiales pero sin tropa. Y los problemas que nos afectan podrían prolongarse hasta el infinito y más allá.
Por ejemplo, nuestra sistema laboral es una mierda, como lo es la correspondiente productividad. Pero aquí nunca nadie hace nada. Son muchas las voces de alarma que advierten de la insostenibilidad del modelo español -algunas hablan incluso de un posible "corralito"- pero todos parecemos muy satisfechos con lo que hay sin pensar en lo que mañana no tendremos.
La escasa o nula reacción ante las burlas de Marruecos muestran en qué país vivimos. Nuestro Estado, a pesar de algunas señales que hablan de su grandeza, es un alfeñique incapaz de sostenerse por su propio pie. No, desde luego, como lo hace ahora. Pero nada, sigamos adelante, que ya despetaremos de golpe y porrazo. A corto plazo, quizás vuelvan a ondear banderas españolas cuando ganemos medalla en el Mundial de baloncesto.
Daniel Martín
Siempre he pensado que los viajes de vacaciones deben servir para reaprender a echar de menos tu hogar. Si además viajas al extranjero, sueles terminar echando de menos España. Fuera se vive peor, o eso sueles terminar pensando. Después de todo, no hay nada más simple que la vieja verdad de que en casa como en ningún sitio.
Acabo de regresar de un viaje al extranjero. He visitado dos capitales europeas de gran belleza estética, Praga y Budapest. Sus respectivos países están saliendo del pozo en el que décadas de comunismo les hundieron. La experiencia me ha servido para hacer dos reflexiones:
- Primero, que ya lo de hacer turismo se ha convertido en algo parecido a la producción en serie. Vayas donde vayas, se ven los mismos tours en autobús, en barco, calesa o el medio de transporte que se tercie. En todos los sitios las mismas ofertas de comidas típicas, los insultantes precios para entrar a museos -que, por otro lado, menudean hasta extremos insospechados; ¿para cuándo un museo sobre la experiencia del ocaso hitita en cualquier ciudad indoeruopea?-, los abusivos cargos hasta para mear, las hordas bárbaras de turistas que no dejan de hacer fotos, comprar cosas, gritar chorradas y hablar por el móvil... ya ni siquiera se puede visitar un vulgar mercado sin que se haya visto afectado por la enfermedad turística.
Enfermedad que he pensado denominar "Síndrome del Parque Temático". Sinceramente, escenarios aparte, da igual viajar a Santo Domingo, Nueva York o París porque al final te vas a encontrar con las mismas ofertas. Evidentemente, no son lo mismo el Met, el Louvre o el Museo de las Casas Reales, pero en cualquiera te encontrarás la audioguía real o virtual, habrá montones de personas esperándote fuera para sacarte los cuartos más o menos honradamente y la autenticidad se verá completamente anulada al estar rodeado por la misma gente en cualquier rincón del mundo.
A la postre, y a no ser que se viva una ciudad durante un buen tiempo, las ciudades para el turista se han convertido en auténticos parques temáticos. Entre Budapest y París hay la misma diferencia que entre EuroDisney y el Parque Warner, aunque aquella sea bastante más barata que esta. En el fondo, todas estas ciudades megaturísticas son escaparates que ofrecen diversos cebos para que nos dejemos el dinero. Cuando se va a cualquiera de estas ciudades, a no ser que uno intente perderse en los barrios menos conocidos -como intento hacer-, en el fondo está aceptando tácitamente ser partícipe de otro gran espectáculo de masas, de otro engañabobos... aunque a veces te encuentres con cosas maravillosamente bellas. Pero, ¿en un viaje turístico se puede asimilar toda la información que nos dan? Como mucho, la de esa camiseta souvenir que has comprado por un dineral.
-Segundo, por muy lejos que viajes, al volver a España uno se topa de frente con nuestra realidad. Llegar a la T4, que no funcione el finger, que tengas que hacer una maratón, que la maleta tarde siglos en salir, que a a la salida haya masas esperando quién sabe qué, que incluso la Comunidad de MAdrid tenga su propia oficina de turismo -¿alguien piensa todavía que no vivimos en un Estado Federal sin costuras?-, que el taxista intente engañarte... Efectivamente, en casa como en ningún sitio.
Con todo esto, no quiero abominar del turismo ni de España. Afortunadamente, vivimos tiempos en que hay mucha más gente con posibles para viajar y conocer mundo, aunque eso se haya cargado el sueño de aquellos a los que nos gusta pasear tranquilamente por una bella calle o un acogedor parque. El problema es que eso tan solo es otra tapadera para ocultar que cada día somos más ignorantes y estamos menos preocupados por lo que nos rodea. Por eso en España las cosas funcionan tan mal como en Hungría y la República Checa, pero aquí parece que vamos hacia atrás en lugar de hacia delante.
Daniel Martín
España, brillantemente, superando por una vez las trampas de la fortuna, se ha proclamado campeona del Mundial de fútbol. La euforia, contenida después de muchos campeonatos de fracasos y decepciones, ha saltado con una fuerza descomunal. Rara vez España en bloque vivió tiempos de tanta entrega y alegría.
Mientras tanto, el país sigue con sus mismos defectos de siempre. Ante la crisis, el gasto público, tan endémicamente histórico a nuestra naturaleza administrativa, ahora multiplicado por 17 y pico, consitnúa siendo disparatado... Las celebraciones debieron costar un pico, pero en pleno éxtasis colectivo no hay sitio para el raciocinio. Lógico. Pero, ¿y después?
A nuestros políticos les ha tocado la lotería del Mundial. Según la vieja cita de Juvenal, el pueblo está ensimismado con el gran espectáculo del circo futbolístico. Pero para que un pueblo sometido a esta partitocracia sea completamente feliz, también necesita pan. De momento, el sistema aguanta pero, con el despropósito despilfarrador que nos aflige desde cualquier peserctiva administrativa o partidista, es un sistema completamente insostenible.
Cuando se nos pasen los efectos de la borrachera de euforia... despertaremos a la realidad. Entonces muchos, comenzando por los cuatro millones de parados, comenzarán a preguntarse, ¿y el pan? España siempre ha sido un país de no hagas hoy lo que puedas hacer mañana, sobre todo después de ganar un Mundial.
¿Y si mañana ya es demasiado tarde?
Daniel Martín
"El artificio habitual en los caracteres débiles y timoratos: consideran el uso de medidas dilatorias y ambiguas como la más admirable muestra de prudencia consumada".
Valga esta cita extraída de la "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano" de Edward Gibbon para mostrar los tiempos que vivimos. La única Ley Orgánica prevista por nuestra Constitución que no ha sido desarrollada por las Cortes Generales es la de huelga. Así nos va.
Nuestros políticos se caracterizan básicamente por ser enanos intelectuales y abortos morales. No tienen capacidad de análisis ni de síntesis, y así son incapaces de enfrentarse a una situación algo complicada con un mínimo de habilidad, gallardía y brillantez. Por eso, incapaces de ver el conjunto, se suelen dedicar a tomar algunas medidas de esas que quedan bien ante la galería.
José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, lleva años tomando medidas dilatorias y ambiguas, dando bandazos frente a una crisis que, después de no ver venir, se le escapa de las manos. Aparte de cobarde, no está capacitado para afrontar algo así. Ni su Gobierno. Ni Mariano Rajoy, tan poco dado a tomar decisiones que es habitualmente calificado como astuto, como prudente... mostrando la valía de las palabras del historiador inglés.
España tiene problemas estructurales, serios, hondos, endémicos... tan solo solucionables por espíritus fuertes y valientes, capaces de tomar medidas rápidas que atajen los problemas de raíz. Algo que no tenemos... ni tendremos.
Pero quizás España gane el Mundial de fútbol. Para alegría de todos y alivio de los políticos.
Daniel Martín
La Constitución de 1978 garantiza el derecho a la huelga siempre que, cuando se vean afectados servicios públicos, se cumplan con unos servicios mínimos.
Esta semana hemos visto cómo la huelga de Metro en Madrid ha devenido en lo que los propios sindicatos han calificado de "salvaje". Arguyen que la Comunidad de Madrid estableció unos servicios mínimos abusivos. Pero, en lugar de acudir a los tribunales, decidieron paralizar el suburbano con lo que se vieron afectados cientos de miles de pasajeros que, así, vieron coartados sus derechos al trabajo y a la libre circulación.
Las fuerzas de seguridad deberían haber actuado para garantizar el funcionamiento del Metro. Y haber actuado en aquellos casos tipificados como delitos por el Código Penal, que tiene varios artículos dedicados a los excesos huelguistas. Y las personas físicas y jurídicas deberían acudir en masa a la jurisdicción civil para pedir daños y prejuicios. Pero nadie actuó, y no creo que vaya a pasar nada.
Esta es una nueva muestra de que en España el Estado de Derecho fracasa sistemáticamente. Vivimos una anarquía fáctica, donde cada cual puede hacer lo que quiera aunque eso fastidie a innumerables ciudadanos sin que el Estado ejerza su monopolio en la fuerza coercitiva.
Entre todos los numerosos fracasos españoles, quizás el del imperio de la ley sea el más grave. Sin él, estamos completamente perdidos.
Daniel Martín
Hata ahora, se consideraba que una persona que no había recibido una educación más o menos formal era una persona analfabeta. La UNESCO consideraba que para estar alfabetizado había que saber leer y escribir con cierta soltura, dominar las operaciones matemáticas y tener un amplio conocimiento del entorno geográfico, histórico y cultural de la persona en cuestión.
Pero, ¿desde Bolonia?, ahora comienza a hablarse de la necesidad que tienen los profesores de centrarse en las competencias básicas, sean lo que sean estas. Es decir, no es tan importante saber sumar y restar, escoger entre la b y la v con diligencia, saber de qué otro rey era el padre de Felipe II como adaptar estos conocimientos a ese esquema de ocho o así competencias básicas del ciudadano. Es más, de nada servirá sumar si no entra dentro del correspondiente apartado de competencia matemática.
Este es un gran avance. Lo digo sin ironía. Con las comeptencias básicas hermos terminado de fastidiar por completo el sistema educativo. Seguimos fijándonos más en la cesta educativa que en lo que esta debe contener, pero lo de las competencias básicas no intenta engañar a nadie. Así son las cosas. Que le den a Fernando VI, Mariano José de Larra o el Teorema de Tales, si somos competentes para saludar y mantener una conversación sobre la última que ha hecho Belén Esteban.
Insisto en que esto de las competencias básicas es un ejercicio de sinceridad. Porque, a partir de ahora, cuando un chaval salga del colegio, incluso de la universidad, sin saber absolutamente nada, ya no será analfabeto. Será básico, competente en sabe díos qué, competentemente básico, o básicamente competente. O como decíamos antiguamente, un básico incompetente. ¿En serio alguien se cree que así se crean buenos ciudadanos de una democracia seria?
Daniel Martín
La última ha sido una campaña protagonizada por varios miembros del reducido mundo del cine español para, dando voces a varias víctimas del bando franquista durante la Guerra Civil y su posguerra, exigir que se busquen sus cadáveres y tengan un entierro digno. Para que descansen en paz, pues, hay que sacarles de allá donde estén, remover el fango y así despertar el viejo mito de las dos Españas.
Esta campaña ha puesto en pie de guerra a los medios de comunicación más extremos. Por un lado, aquellos que sueñan con tiempos que creen mejores y denunciar a los cineastas por ser de izquierdas. Por otro, aquellos que no se conforman con el duro presente y el poco halagüeño futuro y buscan causas e ideas en el pasado y atacan a los nostálgicos del franquismo. De nuevo, en torno a una causa trágica, a centenas de cadáveres, bailan los que se dicen ideológicos y más bien son descerebrados. En España nunca hemos dejado de bailar sobre las tumbas de nuestros muertos.
Cuando veo películas como El hundimiento o La vida de los otros, de Alemania, o leo libros como Cualquier otro día, de Estados Unidos, siento envidia por la manera de mirar al pasado que existe en otros países. Antes que nada, la autocrítica. Después, si cabe, la propuesta de soluciones, el mirar hacia adelante. No se lanzan los cadáveres contra nadie. Simplemente, se sacan a relucir los viejos vicios, los antiguos errores, para que no se vuelvan a repetir.
En España, no obstante, nos gusta jugar a aquello de las dos Españas. Cuando Larra dijo aquello de "aquí yace media España, murió de la otra media", no hablaba de una dualidad, sino de nuestro carácter autodestructivo que tanto se ha venido confirmando después de su suicidio. Pero ahora, a falta de nuevas ideas, de ambición y de ganas de hacer las cosas bien, muchos andan empeñados en reabrir heridas y remover excrementos.
La Guerra Civil, empezara cuando empezara, terminase cuando terminase, fue la culminación macabra y cruenta de un siglo y medio de mierdas continuas que asolaron nuestro país. Muchos restos de cadáveres yacen enterrados y anónimos en las cunetas de nuestras carreteras. Sinceramente, ¿van a estar mejor fuera que dentro? ¿Tenemos que desenterrar a nuestros muertos para enseñarles que aún no hemos aprendido la lección, para mostrarles que sus muertes no sirvieron para nada?
Supongo que el dolor de un familiar de una víctima del franquismo es causa más que suficiente para reclamar justicia. Pero, como en Alemania con Hitlerr, ¿no nos pesa a todos los españoles la enorme culpa que rezuma nuestro pasado? ¿Ayudará en algo desenterrar cadáveres para incinerarlos o volver a enterrarlos? ¿Somos tan primitivos como para revivir la vieja, absurda e inútil polémica de Antígona con Creonte?
España tiene problemas mucho más serios que los que nacen de toda esta polémica. Aún no hemos aprendido a vivir en paz. Hay que dejar descansar a los muertos si queremos abrir los ojos hacia el futuro y arreglar los viejos endémicos problemas que nos impiden progresar en todos los órdenes. Remover la mierda, sólo trae pestilencia.
P.S.: Parte de la campaña orquestada por el mundo del cine se basa en decir que sólo se enterraron adecuadamente a las víctimas del bando franquista. ¿Alguien sabe dónde está enterrado, por ejemplo, Pedro Muñoz Seca? Es evidente que todo el mundo se merece unas honras fúnebres adecuadas. Pero estamos hablando de miles, de decenas de miles de muertos por ejecuciones vergonzosas... ¿En serio que alguien tiene medios, tiempo, ¡ganas!, para dedicarse a algo tan estéril, inútil, sesgado, doloroso? Necesitamos más autocrítica... mirar más hacia nuestros propios corazones para comprender que el otro es tan imperfecto como nosotros mismos.
Daniel Martín
Aunque no sea una democracia especialmente representativa, la nuestra lo es porque hay distintos parlamentos y concejos donde "trabajan" y "deciden" nuestros destinos aquellos que salieron de unas listas cerradas pero escogidas por los ciudadanos. Son ellos los que tiene la legitimidad para legislar y ejecutar las normas sancionadas.
No suele ocurrir así. Mucho menos en lo laboral. Ahí, se supone, tienen que decidir los que se dicen representantes de trabajadores y empresarios. Pero UGT y CCOO apenas representan a nadie, y defienden más su condición de poder y disparatadas ganancias monetarias antes que los intereses de la clase trabajadora, y la CEOE anda en manos de empresarios que tienen poca visión de empresa. Estas "partes" usurpan la legítima representación de la negocación colectiva. No son nadie, pero lo suponen todo.
Como estos usurpadores sólo piensan en sus propios intereses, es lógico que nunca lleguen a un acuerdo. No porque sean contrapuestos, sino porque se tratan de puro egoísmo narcisista y falsario. Como no representan a nadie, a nadie tienen que defender salvo a ellos mismos.
Así, de nuevo tiene que salir un gobierno a reformar el mercado laboral. ¿Por qué, desde hace 30 años, ningún parlamento ni ningún Ejecutivo se atreve a afrontar una legislación global y profunda de todo lo referente al Derecho del Trabajo, tan semejante en todo al que regulaban las antiguas magistraturas? Porque no hay ideas ni cojones.
Pero España, para salir del hoyo, necesita una reforma profunda de todo el mercado laboral y no un nuevo parche realizado por el Gobierno de turno. Dicha reforma es el comienzo sine qua non para que seamos algo competitivos. Como el asunto es espinoso y no da votos, nadie lo hará. Por lo menos hasta que la nave nacional no termine de hundirse del todo.
Daniel Martín
LLevamos sólo un par de días de competición del Mundial de fútbol de Sudáfrica, pero parece que han pasado varios años. La prensa deportiva, que tan bien casa con esta imagocracia vacua que vivimos, lleva calentando el asunto desde hace semanas, y el asunto parece tener mayor interés que las crisis que nos afecta. Por si fuera poco, parece que vez tenemos alguna posibilidad de que nuestra selección gane la copa. Esperanzas, esta vez, puede que lógicas y algo fiables.
Siempre he disfrutado de los Mundiales de fútbol. Como de cualquier otra gran competición deportiva. Pero nunca antes había experimentado el estrés de esta ocasión. En España son hasta tres canales de televisión los que emiten los diferentes partidos. Y uno de ellos de pago, el Canal+, subdividido a su vez en un canal de un solo pago, el Plus de toda la vida, y otros de dos, el Canal+ Liga. Lo peor de todo es que, una vez acierto, ya ha pasado casi media hora de la primera parte.
¿Todo para qué? Para tragarnos unos infumables partidos. Entre el balón -habrá dinero de por medio, lo entiendo, pero ¿tenían que jugar con esa mierda de balón de playa?-, la mayor igualdad, la menor capacidad competitiva de los actuales jugadores, su enorme fortaleza física y el miedo a perder y hacer el ridículo -aquí vuelve a entrar la prensa deportiva- han convertido la competición más vista del planeta en un coñazo de descomunales proporciones. Por lo menos, aún quedan algunos Messi, Xavi, Iniesta y gente por el estilo.
Así, entre el lío de las televisiones, el balón -cagon en tó-, el miedo, los partidos plomizos y las trompetas sudafricanas -jo, qué gracia tuvieron durante los dos primeros minutos del partido inaugural!- uno ha perdido la fe. Antiguamente, me daba unos atracones de cuidado durante los mundiales. Ahora, me pensaré en ir al cine o leer antes quedarme clavado ante el televisión y ver cómo la gente se caga de miedo mientras no meten apenas goles.
Daniel Martín
Es curioso cómo muy poca gente está de acuerdo con el sistema político que vivimos. Salvo los fanáticos de los partidos políticos -capaces de votarlos aunque la vida les fuese en ellos- la gran mayoría de la gente que conozco sabe que esto no es una democracia porque los ciudadanos nada tenemos que decir. Casi todos nos quejamos, pero sólo en algunas tertulias, junto a los más conocidos, sin levantar la voz más de lo debido. Nos basta, aún, con acudir a las urnas cada cierto tiempo.
Así, a pesar del malestar general, no hay apenas ruido social. Sólo el que hacen los vocingleros políticos y sindicatos que, curiosamente, son los que viven a cargo del dinero público ¡a nuestras expensas!- y por tanto deberían tener una mayor responsabilidad, tanto para mostrar interés por el bien común como por sus malas o buenas acciones.
España, como Estado, no es viable. Tenemos un gasto público elefantiásico, y muchas partidas son absolutamente disparatadas, increíbles a los ojos de cualquier europeo de un país más o menos civilizado. No tenemos un entramado productivo que pueda sostener nuestra economía. Y por eso en España las cifras del paro superan por infinito margen a las de cualquier país de nuestro entorno.
La críticas que se escuchan desde fuera de los aparatos partitocráticos suelen ser tenues, siempre limitadas a lo concreto. España, a pesar de tener cantidad de problemas estructurales que afectan a su esencia y amenazan su mera existencia, vive esclava, como el resto de Occidente, de la imagocracia que convierte en tiranía lo cotidiano, la actualidad, el detalle coyuntural frente a las más importantes necesidades de conjunto.
Cada crítica se que se hace al sistema sin pedir una reforma radical de todo lo que nos afecta es, a la postre, colaborar con las carencias que decimos son culpa de otros. Estar pensando en si debemos tener o no república, si se debe estudiar o no religión en los colegios, si las minorías deben tener mayor o menor peso en el devenir político, si el despido debe costar 20 0 33 días son detalles nimios que no servirán para nada.
En los últimos días pienso que quizás la culpa es de todos nosotros. Como la típica pareja de enamorados ofuscados, siempre andamos echándole la culpa al otro. "Es que no hay quien lo entienda", piensan sin hacer autocrítica. Pero quizás el problema resida en el propio sujeto, no en su pareja.
Así, en España, siempre pensamos que la culpa la tienen los demás. Los políticos que nos gobiernan (?) evidentemente no hacen nada por el bien común. Pero, ¿son causa o consecuencia? Desde luego, cualquier cambio drástico que queramos hacer deberá empezar desde un ejercicio global de autocrítica. Quizás así las pequeñas quejas de caña o café se convirtieren en auténticas demandas sociales. La propia consciencia de las cosas siempre dar mejor perspectiva y aumenta el sentido de la responsabilidad.
Daniel Martín
Esta semana se han conocido los resultados de las pruebas realizadas por los alumnos de 3º de la ESO de la Comunidad de Madrid en las materias de Lengua y Matemáticas. Los tests estaban chupados. muchas preguntas ni si quiera se podían considerar como dignas de un antiguo 1º de BUP. La media de la CAM, no obstante, ha rondado el 5 en las dos materias. Si consideramos que numerosos colegios superan el 7 -lo que tampoco significa gran cosa-, sólo hay que ponerse a hacer cuentas para percibir que, aparte de enormes contrastes, hay numerosos colegios en donde no se aprende absolutamente nada. Y eso que la ESO ha igualado por abajo para que cualquier alumno tenga alguna posibilidad de terminar sus estudios.
Esa es la realidad de la educación en el año 2010, en 3º de la ESO. Las consecuencias de nuestro sistema educativo se pueden ver diariamente. Sólo en un país tan mal educado que encima prescinde de la generación de élites intelectuales y culturales pueden ocurrir las cosas que ocurren en España sin que nunca pase nada. Somos el país con más cobertura por desempleo, con más parlamentos por mil habitantes, con más grandes premios de motociclismo, con más coches oficiales, con más aparcamientos reservados... somos el país que más gasta -hasta en las cosas más necesarias, como el paro, somos suntuosos, un país de nuevos ricos sin dinero- sin darnos cuenta de que el dinero no es infinito.
Cada día que pasa cuesta más leer los periódicos. Tenemos problemas, como todo el mundo, pero no hay visos de solución. Sólo desde una reforma radical de nuestro sistema para, comenzando por la creación de una auténtica democracia y finalizando por el ajuste tajante a la ley de presupuestos, crear un sistema sostenible sobre el que se sustenten Estado y Sociedad a largo plazo. De momento, no tenemos futuro.
Para iniciar esta duro mas necesario proceso, habría que comenzar por cambiar drásticamente la dirección de la enseñanza. Pero, lejos de buscar la solución por ese camino, la próxima reforma educativa insistirá en ahondar la herida por la que nos desangramos: creamos sistemáticamente ciudadanos ignorantes, analfabetos fácticos, incapaces democráticos. Seguiremos los caminos de la psicopedagogía y nos alejaremos aún más de la excelencia, el mérito y la adaptación a las capacidades de cada estudiante que, no lo olvidemos, son futuros votantes, sostén de una democracia a la que aún le falta mucho para serlo. Y más que le faltará, según se vaya extinguiendo la capacidad para leer, tener pensamientos abstractos, razonar, en definitiva, el espíritu crítico de cada ser humano.
Daniel Martín
Desde que la LOGSE unió los destinos de la Lengua y la Literatura en una sola asignatura, las dos sufrieron enormes bocados. La primera algo aguantó el tirón en cuanto es la principal rama del invento; sus males vienen más por el lado de la tiranía de lingüistas y filólogos. En cuanto a la segunda, dejó de ser una rama de las Humanidades y se convirtió en un sinsentido.
Nunca he entendido el sentido de estudiar Literatura según sus géneros. Tampoco entiendo por qué, desde siempre, se siguen estudiando los mismos autores, las mismas épocas, todo de esa manera entre dogmática y superficial que impide llegar al fondo del asunto. Góngora, que tiene mucho de renacentista en cuanto bebe directamente de Garcilaso y San Juan, de conceptista en cuanto compitió y aprendió de Lope y Quevedo y, a veces, de gongorino, es, según los libros de texto, sólo el maestro de lo culterano, terrible mutilación del más grande poeta español. A pesar del cambio de los tiempos, se sigue sin estudiar a Sor Juana Inés de la Cruz, sin leer "El estudiante de Salamanca", ninguneando a Galdós y reduciendo a Baroja, Unamuno, Cela, etc.
Sirvan estos ejemplos para mostrar el mal camino que lleva la materia. Claro que todo da igual porque, con el plan concebido por la LOGSE y continuado después, la enorme mayoría de los escolares españoles son incapaces de comprender la mayoría de las obras maestras de la literatura española, sea en el idioma que sea. Ni siquiera son capaces de entender las letrillas de Antonio Machado. ¿Cómo pedirles que vayan más allá de la letra de Juan Ramón?
La Literatura, tal y como se da, y se estudia, no va a ninguna parte. Su unión a la lengua ha servido también para cargarse el estudio humanístico. Sin latín, la filosofía "tomada" por el patético examen de Selectividad, y la Historia esclava de una planificación pésima, el alumnado español jamás se hará una idea de lo que supone ser humano, europeo, occidental.
En este mundo que vivimos, no sólo habría que ponernos a enseñar a leer a los chavales de tal manera que sean capaces de acercarse, incluso, al "Polifemo" de Góngora, sino que habría que llevarles hasta Shakespeare, Moliere, Goethe... ¿Qué es un europeo sin conocer el mito de Fausto en su más sublime plasmación literaria? Pero si ni siquiera saben quién es Don Juan, como para hablar de Mefistófeles.
Cierto es que ahora se lee bastante. Literatura de mercadillo en forma de novelas fantásticas, vampíricas y demás engendros. Todo muy leve, superficial, intrascendente... nada profundo. Tarea mucho más sencilla que la de empujar a los alumnos a pensar, a llevarles por sendas que conduzcan a Tolstoi, Chejov, Kafka, Carver, etc.
La lengua y la literatura, tal y como se enseñan ahora, son una mierda. No sirven para absolutamente nada. El estudio del idioma nacional -el sentido común de Unamuno- se pierde en palabros incomprensibles que alejan al alumno de su auténtico dominio. Así, da igual que les enseñemos dos fechas y cuatro características de los autores y sus épocas. Si, como los cabreros, son incapaces de entender a Don Quijote, estaremos fracasando estrepitosamente.
Daniel Martín
El Gobierno de España ha tomado unas medidas para recortar el Gasto Público. Los principales afectados serán los funcionarios, a los que se les recortará el salario -una medida que no me parece descabellada-, y, en menor medida, los pensionistas.
La reacción ante estas medidas, cuando es evidente la necesidad perentoria de recortar el Gasto, ha sido de completo rechazo. Ya se piden más impuestos. Pero eso no solucionará nada. El principal problema que tiene España es ser un país insostenible. Tal y como van las cosas no llegaremos muy lejos.
Principalmente por:
- Nuestro sistema constitucional nos ha convertido en un Estado Autonómico. Ergo, tenemos 18 gobiernos, más los municipales; 19 asambleas legislativas, más los ayuntamientos, ¡y las diputaciones! Con la consiguiente multiplicación de cargos públicos, consejeros, asesores, etc. que, en muchos casos, apenas sirven para nada. La elefantiasis administrativa provoca una desmedido gasto que no tienen parangón en ningún país del globo.
- En España hay tres millones de funcionarios. Un número excesivo. Pero se seguirá aumentando el número. Este año, como mínimo, se aumentará la cifra en otros trescientos mil.
- Queremos ser el país como más líneas férreas de alta velocidad cuando no tenemos unas buenas carreteras. Mucho oropel para poco paquete.
- Los sindicatos, colegios profesionales, cámaras de comercio, PARTIDOS POLÍTICOS, todos viven de las arcas del Estado, como si estas no tuvieran fondo.
- En España todo se subvenciona.
- La corrupción, generalizada, es el peor exponente de nuestro Gasto Público. Cualquier gestión pública cuesta más en España que en otro país europeo.
Si queremos seguir teniendo la mejor Sanidad pública de Europa, reflotar la Enseñanza Pública y sacarla de su pésima posición relativa, pagar las pensiones futuras... hay que replantearse una reforma profunda y total del sistema. Los parches de ahora no cambiarán la dinámica que nos conduce hacia el desastre fiscal y financiero.
A eso hay que unir una modernización de nuestros sistemas productivos y nuestra legislación laboral para que aquí alguien se atreva a emprender nuevos negocios.
Pero así seguimos. Muchas críticas puntuales a las medidas puntuales, y nadie se detiene a lanzar una mirada global sobre los problemas estructurales. España es un país insostenible. Si no, esperemos que el tiempo nos coloque en nuestra situación real.
Daniel Martín
Estos días se habla a menudo de la reforma educativa.
Un alumno de 4º de la ESO que decida pasar olímpicamente de estudiar, por ejemplo, Historia, si aprueba todas las demás asignaturas pasará de curso. En 1º de Bachillerato no arrastrará la asignatura suspendida. En el nuevo ciclo se comienza desde cero con independencia de lo que haya estudiado durante la Secundaria Olbigatoria.
Así, el chaval comienza Bachillerato, ha cumplido todos los requisitos de la ley para superar los estudios obligatorios. Pero ha tenido la posibilidad de ignorar completamente a Carlos V o Napoleón Bonaparte. O las reacciones químicas. Sólo Matemáticas y Lengua, si se suspenden las dos a la vez, pueden impedir que el chaval avance montaraz, imparable a su calificación como alfabetizado oficial aunque la UNESCO exija mayores requisitos que nuestras leyes.
Se habla a menudo de la reforma educativa, pero estos temas, esenciales, quedan al margen. Son más importantes las competencias, los itinerarios, los procedimientos que los contenidos que se deben, más que aprender, saber con cierta profundidad. Eso a nadie le importa. Salvo a los profesores... y a algunos padres.
Daniel Martín
Desde su creación en 1946, Cola Cao ha sido inseparable compañero de innumerables niños y jóvenes españoles. Perfecto para hacer más digerible la leche a aquellos que no gustan de la misma, Cola Cao siempre ha sido considerado "desyuno y merienda ideal".
De aquel eslogan de los 50, Cola Cao ha pasado ahora a lanzar una campaña de marketing donde regala un "aérografo grafitero" a aquellos que compren el paquete grande. Nada como para "desinfantilizar" el producto y "juvenilizarlo" -¿dónde quedas, Super Ratón?- que acompañarlo de algo muy de moda para así preparar mejor a los chavales en el arte del vandalismo.
No es cuestión de ponerse moralistas. Hemos mejorado en muchas cosas, sobre todo en libertad. Pero que una marca promueva las pintadas por mor de la comercialidad no creo que sea lo más adecuado. ¿Pagará Cola Cao la limpieza de los graffitis que se hagan con su aérografo de merchandising?
La nueva campaña de Cola Cao muestra en qué mundo vivimos. A los niños y jóvenes no se les impone ninguna disciplina -en realidad, no se les exige absolutamente nada, no vayan a traumatizarse-; ni en casa, ni en el colegio, ni en el entorno social. Lejos de eso, parece como si la promoción de lo silvestre, de lo montaraz, fuese lo mejor. Algunos creen que con cursos de "Urbanidad" se conseguirá lo que no se intenta de ninguna otra manera.
Así, si hasta Cola Cao puede promover el graffiti, no debe sorprendernos que los chavales hagan pintadas, monten en bici o skates como locos sin importar quién les rodee, beban o, en los casos más extremos, se burlen de propios y extraños tengan o no autoridad.
España sufre muchas crisis. Las peores no son las económicas. Por pereza o exceso de permisividad, lo mismo da, estamos creando generaciones de ciudadanos que desconocen cualquier límite. No sé es si Rousseau estaría contento con este extraño retorno al "buen salvaje".
Daniel Martín
Pienso en quién es mi representante en el Congreso de los Diputados. Imposible saberlo. Allá hay dos bloques monolíticos que manejan España a su antojo. También hay algunos grupúsculos que, también, intentan saciar su sed de poder y dinero a costa de nuestros bolsillos. Ninguno representa a nadie que no sea su partido político, persona jurídica que vive, muy bien, a costa del presupuesto.
Parecía imposible, pero José Luis Rodríguez Zapatero está haciendo buenos a Felipe González y José María Aznar. Han tenido que advertirle Europa y Estados Unidos para que haya iniciado una tenue política restrictiva en lo que al Gasto Público se refiere. Ha tomado medidas que se había negado a tomar cuando, unos días antes, se las había exigido Mariano Rajoy, el líder de la otra bancada... o manda. Ahora el líder de la oposición vuelve a oponerse a todo aunque muchas ideas fueran, presuntamente, las suyas hasta que Zapatero se desdijo de las mil veces repetidas palabras que le habían hecho popular entre funcionarios y sindicatos, que ahora maldicen su suerte y amenazan con paralizar el país... Aunque todo pueda parecerse al argumento de una película de los Marx, hay que reconocer que Groucho y sus hermanos tenían mucha más gracia.
En una democracia es vital que todos puedan elegir a sus representantes. Aquí votamos todos, pero no nos representa nadie. Por otra parte, en una democracia deberíamos poder elegir a los mejores para gobernarnos. Pero la clase política, ya el tercer problema que más preocupa a los españoles -por otra parte, abúlicos e indolentes aunque les roben a manos llenas-, cada día es más mediocre. El ciudadano responsable, que querría que las cosas mejorasen, no sabe dónde mirar, cómo sostenerse sin caer en una misérrima depresión.
¿Es esto una democracia? Me temo que no. Nuestro sistema es insostenible... en todos los sentidos. Ni siquiera la imagocracia sirve ya para dar a España una apariencia de Estado democrático de Derecho. La ley no rige. Los políticos, tampoco, claro que en otro sentido bien distinto.
Daniel Martín
Se habla mucho de la reforma educativa como ente abstracto, pero no realmente de sus contenidos. Ciertamente, parece que estos son lo de menos.
En las últimas semanas, en la Comunidad de Madrid, varios inspectores han hecho "toúrnée" para decir a los profesores que, desde Europa, se critica a España porque en el colegio se tratan mucho los contenidos pero poco las competencias, entelequia aún más abstracta y etérea sobre la que se quiere construir el edificio docente, que será por tanto endeble.
Hay muchos profesores que también piensan que hay exceso de contenidos. Sin embargo, estos son muy inferiores a los de hace 20 años. Que me expliquen cómo un chaval que termina la Educación Obligatoria puede no haber oído jamás el nombre de Winston Churchill. O que, como dicen que todo se puede buscar en Internet, apenas si conozca tres ríos de España, generalmente los de su Comunidad Autónoma.
Aún más, ¿cómo se puede concebir lo humano, al ciudadano, sin haber entrado a estudiar en profundidad el ejemplo de Sócrates? Y este es solo un contenido esencial más que ni se trata de refilón en la ESO. ¿Miedo a las Humanidades? ¿Conspiración para eliminar el espíritu crítico de las almas juveniles?
Se habla mucho de la reforma educativa. De otra más. Pero de nuevo se olvida lo realmente importante. Cuando ni siquiera se puede asegurar que todos los licenciados están debidamente alfabetizados, ¿qué pensar de los que sólo estudian lo "obligatorio"? Da miedo... aunque, según parece, sólo a algunos.
Daniel Martín
Grecia está al borde de la quiebra. Ergo, tienen que hacer ajustes duros. Cosa que la sociedad griega no está dispuesta a aceptar.
Así funcionamos en Europa: pensamos que el Estado nos va a solucionar todos nuestros problemas pero, inconscientes de que el dinero estatal no es infinito, temerarios ante la ignorancia de que sus fondos son los nuestros vía impuestos, nunca estamos dispuestos a ceder aunque sea algo perentorio. Más que un Estado de Bienestar, en Europa estamos construyendo un Estado asistencial donde cualquier mínima necesidad de cualquier ciudadano debe ser satisfecha por el Estado. Un imposible fáctico.
No podemos olvidar que el Estado no es un ente ajeno a nosotros. Somos nosotros. Estado y Sociedad son caras de la misma moneda. Los ciudadanos constituyen el Estado de manera mucho más esencial que Gobierno, Parlamento, Poder Judicial, etc. Por eso resulta sorprendente, esquizoide, necio y absurdo que muchos consideren al Estado como un enemigo. ¿Hay algo más cercano a tirar piedras sobre el propio tejado?
Y más en Europa, donde, aparte de pensiones, subsidios, subvenciones, servicios públicos, seguridad social... a veces se llegan a extremos tan poco democráticos como que el propio Estado se encargue de financiar a los partidos políticos o los sindicatos. Ahí sí es cuando el Estado comienza a devenir en monstruo.
En España deberíamos aprender del ejemplo griego. En España, entre la Administración, Central y las autonómicas y locales, se mantienen los caprichos de innumerables ciudadanos. Entre funcionarios, pensionistas y parados hay más de quince millones de personas que viven directa y exclusivamente del Estado. Casi tantos como los que viven para él mediante el pago de impuestos y demás contribuciones.
E, insisto, la teta del Estado no es omnipotente. Tiene sus límites... que a la vez son los nuestros. Aparte, en España se dan numerosas circunstancias que agravan el problema: son muchos los apartados donde se malgasta el dinero, casi siempre para beneficiar a unos pocos que han hecho de lo público su negocio. Como en Grecia, los políticos viven de las arcas públicas y su carrera se costea a nuestra costa, valga la redundancia. Y son muchos, a menudo con unos sueldos desproporcionados, infames.
Frente a esta opulencia de unos pocos, contrasta el mal estado de numerosas ramas que dependen directamente del Estado y que deberían ser prioritarias: pensemos si no en la educación pública y la investigación universitaria. Frente al altísimo ritmo de vida de lo "oficial", la precariedad de numerosos centros escolares y laboratorios.
Así, en España no sólo existe un enorme Gasto Público, sino que además está pésimamente distribuido. Vivimos en un Estado insostenible, porque no hay dinero para tantos... Sin embargo, si en Grecia se oponen al Plan de Ajuste, en España tampoco hay nadie dispuesto a ceder un ápice... por mor del bienestar general. Bonita paradoja que nos define.
Por supuesto que esto no es Grecia. Este es un país más grande, con mayor potencia económica. Pero, no lo olvidemos, aquí el peso de lo público es aún mayor y, por razones bastante evidentes, tenemos un paro superior al 20% de la machacada población activa. Pero nadie se bajará del burro. Un problema de egoísmo, de no querer usar la inteligencia, de haber aprendido que tenemos derechos sin comprender que estos conllevan obligaciones.
Daniel Martín
Hace quinientos años, tras el descubrimiento de América, el naciente imperio español comenzó una asombrosa conquista. Unos cuantos hombres desesperados, valientes, a veces temerarios, implacables, en ocasiones crueles, astutos, las más arteros, fueron venciendo a dos grandes imperios y las numerosas tribus con las que se enfrentaron. Eliminar la variable heroica de la conquista es tan falsario y peligroso como obviar las matanzas, injusticias y abusos que aquellos mismos conquistadores cometieron.
Tampoco debe olvidarse que eran otros tiempos. Si no, comparemos la conquista española con la colonización que otros países europeos hicieron del resto del mundo. Hernán Cortés, actualmente considerado un asesino de masas, fue un hombre muy avanzado para su tiempo: en México, por ejemplo, creó la primera universidad extraeuropea.
Comienzo así para enfrentarme a la opinión dominante entre historiadores y, sobre todo, educadores, quienes piensan que la conquista española de América fue esencialmente abusiva. Insisto, eran otros tiempos. ¡Claro que no se descubrió nada, que todo estaba állí, bien tranquilo, que hubo abusos injustificados, traiciones, matanzas desmesuradas!. Pero esa es la otra cara de la moneda de unas acciones que, aún hoy, parecen increíbles por lo desproporcionado entre los medios y los logros. Cortés y Pizarro, los más conocidos, lograron conquistar dos imperios cuyas tropas les superaban desmesuradamente en número.
Claro que hoy lo bélico ya no se valora, sobre todo cuando se habla de España. Si no, pensemos en la fama que aún tienen Alejandro Magno, Aníbal Barca, Julio César y Napoleón. La conquista de América no sólo supuso sometimiento. Mientras aquellas hombres hacían fortuna, en España inmediatamente comenzó un debate sobre el derecho de conquista y la condición humana de los indios. Fray Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria establecen, con sus escritos, las bases para los actuales Derechos Humanos y el Derecho internacional que nos rige. Porque España era entonces el centro del universo en más de un sentido.
Insisto en que no quiero obviar el injusto trato que se dio a los conquistados. Es más, todo el mundo debería leer la Breve Historia de De las Casas para conocer mejor el lado más oscuro de la naturaleza humana. Pero cuando uno va viendo los libros de textos escolares y va conociendo alumnos de instituto y universidad, percibe que existe un odio feroz por lo que hicimos los españoles durante los siglos XVI y siguientes. Pero, en el artículo 1 la Constitución de 1812, ¿no eran los ciudadanos de ultramar considerados tan españoles como los de la península ibérica?
No todo fue sangre, crueldad y miseria. Hubo muchas sombras, pero también muchas luces. Pero la leyenda negra... Lo más miserable de todo este asunto es que nosotros mismos nos hemos creído lo que dicen allá fuera y hoy enseñamos a nuestros colegiales que deben avergonzarse de lo que hicieron sus antepasados.
Pero no todo fue para avergonzarse. Comparemos México, Lima, Bogotá... con cualquier otra ciudad antaño colonizada por los demás europeos... Aparte, ¿cuántos indios quedan en Norteamérica? Cierto que los españoles emplearon mucho esclavo "importado" de Äfrica. Pero, este comercio, ¿no fue más portugués que español? Aparte de Gibraltar, ¿no fue el Asiento de negros otro botín de guerra perseguido, codiciado y salvajemente utilizado por los ingleses?
Porque, bien pensado, que un país se avergüence de un personaje histórico de la talla de Hernán Cortés dice mucho de ese país, de lo que queda de él.
Daniel Martín
El pasado sábado, en uno de los reportajes que emitió "Informe Semanal", se habló del juez Baltasar Garzón. El tratamiento que se hacía del famosísimo instructor y de los tres juicios que le afectan actualmente era más propio del "NODO" franquista que de una televisión pública de una democracia, valga la contradicción. Sin ninguna vergüenza, desde TVE se nos hablaba de la ignominia de los denunciantes, de la milagrosa existencia del juez, del intento de resucitar el franquismo que hay detrás de la denuncia de Falange.
El caso del juez Garzón debería enseñarnos muchas cosas: primero, la justicia penal trata de juzgar a personas por los crímenes cometidos; cuando esas personas están muertas, ya no hay sospechosos a los que juzgar, por lo que los casos de desenterramiento de cadáveres debería ser tratado por la jurisdicción civil; segundo, por muy bueno que haya sido el juez Garzón -cosa discutible pero en cualquier caso opinión tan válida como la mía- eso no le exime de culpa si se hubiere sobrepasado en el ejercicio de sus quehaceres; por ejemplo, el autorizar la grabación de las conversaciones entre abogado y cliente es intolerable en un sistema garantista, como así lo certifica el que sea cosa prohibida en todos los países de nuestro entorno; tercero, cualquier persona puede y debe ser juzgada si existen indicios de delito, se llame como se llame el sospechoso; en una democracia no hay santos ni dioses intocables; cuarto, nuestra justicia está obviamente intervenida por intereses partidistas, ya sea en el Supremo o en el juzgado de la esquina, pero, afortunadamente, el peso de los franquistas es poco menos que insignificante.
Al margen de esta largo párrafo, lo que era intolerable en el reportaje de "Informe Semanal" era la condena directa, sin tapujos, al Tribunal Supremo por encauzar al juez Garzón. Se perdonaba a este y a aquel se le acusaba de franquista, dictatorial, lo que sea. Una defensa tan tajante e indisimulada no se veía ni en las peores teles de las peores dictaduras. Por otro lado, ¿cuál es el auténtico interés que se esconde detrás de las encendidas defensas del juez Garzón? Chi lo sa.
Lo que resulta ridículo es que esta nueva TVE hace las cosas mucho peor que hace 50 años. El NODO, y la tele de entonces, tenía más soltura, alegría y, sobre todo, mayor inteligencia. El reportaje del pasado sábado era de una torpeza sobrecogedora. No solo tenemos una tele financiada con nuestros impuestos que defiende las ideas del Gobierno de turno sino que además lo hace fatal. Casi tan mal como la mayoría de nuestros jueces y magistrados, Garzón incluido.
En España, la gran mayoría de los medios de comunicación tienen dos formas de funcionar. O bien se alinean en un bando y lo defienden a capa y espada, o bien hablan de todo lo nimio sin acercarse nunca a la esencia de las cosas. Así, desde la servidumbre y el miedo, en España se potencia desde el cuarto poder -a la postre uno más del único en que han devenido los otros tres- la desinformación para que la sociedad continúe adormecida, dividida, atenta a los detalles que ocultan nuestro bosque de auténticos problemas.
Por ejemplo, en estos días no deja de hablarse del juezo Baltasar Garzón. Pero no para analizar por qué un simple juez instructor de la Audiencia Nacional alcanzó la gloria del estrellato, estuvo en los tres poderes durante el mismo año, abrió y cerró sumarios sirviendo antes sus intereses o ambiciones que a la ley, etc. Un juicio más, sólo excepcional en cuanto no es habitual que en España se juzgue a los jueces y tardío porque este señor lleva presuntamente prevaricando desde que comenzó su carrera a la gloria, se ha politizado de tal manera que incluso se ha levantado el fantasma del franquismo para proteger al bueno de Garzón.
De manera semejante, el juicio "Gürtel" destapa una maquinaria enorme de corrupción que afecta al sistema político en su totalidad, con especial (presunta) culpabilidad del partido de la oposición. "Gürtel" vuelve a decirnos que nuestros políticos viven de la política para enriquecerse a costa de la ley y de nuestros bolsillos. Como siempre, observo con asombro que pocos responsables pasan por la cárcel. Al margen de lo que intento explicar en este ensayo, en España da la sensación de que el crimen siempre queda impune.
Más alto y, al mismo tiempo, más bajo, está lo del Estatut y el Tribunal Constitucional. Seguimos hablando de la ley catalana y no de los enormes retrasos de un tribunal absolutamente controlado por los partidos y que debería haber sido renovado hace muchísimo tiempo. En el TC se demuestra que en España la ley no se cumple.
Estos tres casos judiciales, escandalosos, síntomas de la terrible enfermedad nacional, nunca sus agentes patógenos, son magníficos para los tiempos que corren. De esta manera, gracias a que los medios los utilizan de manera amarillista, quedan al margen asuntos más serios y urgentes, esenciales, de perentoria solución. El vender la inocencia, la "persecución" sufrida por Garzón, la malignidad cuasicancerígena de los responsables del Gürtel, los tejemanejes del TC para alcanzar un consenso sobre una futura -¿próxima?- sentencia es la mejor manera para que no hablemos de las muchas crisis que nos afectan: económicas, democráticas, sociales, educativas, morales... ¿No está claro, dicho lo dicho, que la Justicia está sistemáticamente intervenida por los partidos políticos?
Por eso el mejor ejemplo para ilustrar la realidad de nuestros medios de comunicación de masas -el nombre lo dice todo- es recurrir a la Liga de fútbol y la prensa deportiva. Aunque ahora apenas exista auténtica competición, aunque casi todo el pescado esté vendido, hay que seguir vendiendo rivalidad y emoción para que no nos demos cuenta del pestiño de competición liguera que hemos sufrido esta temporada.
Bien pensado, 'Marca', 'As', 'Mundo deportivo', 'Sport' y demás periódicos deportivos son mucho más nobles en sus formas que los medios generalistas. Aquellos son muchísimo menos serviles.
Daniel Martín
Asustar observar el panorama. Cualquier persona con la que hables es más o menos consciente de que en España existen bastantes problemas que tienen mucho que ver con nuestra situación económica: pésima productividad, sectores primario y secundario bajo mínimos, rigidez pasmosa del mercado laboral, nulos incentivos para el emprendedor, sistema sindical decimonónico mas dictatorial, molicie social donde lo que prima es trabajar en lo público, conformismo de todos los dirigentes porque sus sueldos son los únicos que no corren peligro, etc.
Ante eso, tanto el Gobierno de la Nación como los autonómicos tan solo lanzan algunas iniciativas más o menos parciales, simples pequeñeces que tan solo pretenden, si lo consiguen, atajar algún síntoma leve en lugar de curar la enfermedad nacional. Ninguna de las circunstancias de la lista anterior se arreglan con zarandajas. Hacen falta medidas valientes, que conformen un plan sistemático y riguroso, para conseguir que España despegue y realmente pueda codearse con la élite económica del mundo.
Como siempre, sólo en España pueden haber tanta distancia entre sus necesidades y los remedios que promueve su clase política. A veces parece que ni siquiera hay ganas, otras que no hay capacidad, inteligencia. Seguramente no haya ninguna de las dos cosas, ni actitud ni aptitud. Pero, mientras la Sociedad sigue asistiendo impertérrita al naufragio, estos remiendos quizás alejen un par de meses el colapso de la economía, pero nunca lo evitarán del todo.
Pero nada, sigamos adelante, como si nada pasase. A ver cuál es la siguiente nimiedad que se le ocurre al iluminado de turno. En lugar de matar moscas a cañonazos, estos pretenden matar elejantes con mondadientes.
Daniel Martín
Llevo más de 25 años leyendo diariamente los periódicos. Es una costumbre con la que he crecido y a la que mis rutinas están abocadas. pero, desde hace ya varios años, cada día cuesta más leer la prensa cada mañana. El colapso democrático español es un hecho. El mundo no marcha mucho mejor. Ahora la economía presagia tiempos muy difíciles. Pero aquí seguimos jugando a que somos un país civilizado mientras los medios de comunicación se empeñan en analizar la realidad sin acercarse mínimamente a las cloacas sobre las que ésta se asienta.
Esta semana, con la publicidad del sumario, se han hecho evidentes todas las sospechas que teníamos en relación a la que se denomina "Operación Gürtel". No ha habido ninguna sorpresa. En el sumario. Porque todos los sospechosos, los presuntos culpables en lo penal, ciertamente reprobables en lo moral, absolutamente intolerables en lo político, por ahí seguían haciendo carrera en el PP, principal por único partido de la oposición. A la corrupción de estos sujetos se une la permisividad, la desmedida pasividad de los que aparentemente no tenían nada que ver con esta red de choriceos varios.
¡Y esa es la única alternativa al penoso Gobierno que llevamos aguantando desde hace diez años! José Luis Rodríguez Zapatero, en este tiempo, se ha dedicado a todo menos a gobernar, y ahora, aunque nos digan lo contrario, la inseguridad, jurídica, económica y física, de los españoles es mayor que en durante toda la Transición. Pero como aquí vivimos bajo una dictadura de medios intervenidos, se habla siempre de detalles intrascendentes, patéticos en su gravedad, nimios en su profundidad, como el juez Garzón, el Estatut, la violencia de género... Porque, insisto, lo que estamos viviendo es un colapso general de nuestra realidad nacional. Esos "grandes" asuntos tan solo son síntomas, algunos gravísimos, de la enfermedad global que afecta a España.
Pero, y eso siempre será lo que más me sorprenda, la Sociedad española no reacciona. Asiste, entre ausente e indignada -solo de boquilla-, al lamentable espectáculo sin ponerse en pie para exigir un drástico cambio en los asuntos públicos. Cuando un pueblo lo permite todo, surge entonces aquel aforismo de que cada uno tiene lo que se merece. En el caso de España, la partitarquía que nos aflige era algo inevitable. Sin élites, educación, justicia, democracia... poco hace falta que para que surjan esos personajillos que, desde hace siglos, vienen empobreciendo, debilitando y aniquilando la que quizás alguna vez fue vital salud española.
Eso es lo que hay.
Daniel Martín
Algo debe estar sucediendo y preocupando a los prebostes para que 'El País', periódico del movimiento, publique una encuesta propia realizada a 625 profesores para justificar que el pacto educativo debe marchar por los caminos que está marcando Ángel Gabilondo: pocos cambios, más dinero para evitar el fracaso escolar y, como mucho, cambiar un años de ESO por otro de Bachillerato. Todo lo contrario de lo propuesto por el Manifiesto de Maestros y Profesores que, aunque ignorado por los medios y desdeñado por la clase político, cuenta ya con más de 800 firmas de profesionales de la enseñanza.
La opinión pública, manejada por los medios de comunicación, puede pensar que nuestro sistema educativo funciona. Pero no es así. Cualquier que se dedique a la enseñanza o viva de cerca el ambientillo, se dará cuenta de que las cosas fallan: un alumno de ahora, aunque sea buenísimo. siempre aprenderá menos que uno de hace veinte años.
Si ese alumno decide que quieres coger el camino de Letras, entonces estará condenado a seguir el camino "de los menos dotados". Porque, frente a la dictadura científica, en lugar de haberse creado un itinerario de Humanidades y ambicioso y exigente, este se ha convertido en el refugio de los alumnos que no pueden con muchas asignaturas. Así, en 4º de la ESO, frente a dos asignaturas científicas como "Biología y Geología" y "Física y Química", los de letras pueden optar, dependiendo del colegio, entre "marías" como "Cultura Clásica", "Música", "Iniciativa empresarial" o cosas por el estilo. ¿Por y para qué? Para que todos terminen la ESO, aunque eso no signifique que hayan aprendido algo.
El desdén por las Humanidades se extiende al Bachillerato y la Universidad. Se tiene la idea de que un buen alumno debe hacer cualquier carrera de ciencias. Hasta algo tan esencial e imprescindible como el Derecho se considera algo menor. Pero, si queremos ser modernos, una democracia, precisamente son las Humanidades las que se deben potenciar en el crecimiento del individuo.Sin Física no podemos vivir. Pero una persona puede ser grande y encajar en la sociedad sin tener conocimientos físicos avanzados. ¿Se puede decir lo mismo de la Filosofía, de la Historia, de la Ëtica, etc.?
Pero así es el mundo que hemos creado. En la última novela de Ian McEwan, "Solar", el autor inglés critica el mundo científico a través de un Premio Nobel de Física que, sin darse cuenta, es un auténtico monstruo egoísta e incapaz para la empatía. Novela paródica, pero que sin embargo hiere profundamente porque, en el fondo, ese es el mundo que estamos construyendo.
Pero, repito, las ideas educativas no van por ahí, sino por caminos harto contrarios. El propio periódico monclovita ya ha comenzado a hacer campaña para acallar las voces de los maestros y profesores que tienen una seria preocupación por el declive asombroso y escandaloso de la enseñanza. Y es que, aunque uno quiera, al final hay que empezar a creer en las teorías conspirativas.
Ulrich Beck y Anthony Giddens han sido sólo dos autores más que han incidido sobre la necesidad de tratar el tema de la igualdad en al política del siglo XXI. Evidentemente, hay que evitar que se discrimine a nadie por razón de su sexo, religión, raza, ideas o cualquier otra circunstancia personal. Pero sólo en cuanto lo tratado afecte a los derechos políticos y legales y a las oportunidades del ciudadano. Porque debemos ser iguales ante la ley, en cuanto asalariados, como sujetos de derechos y obligaciones... pero no hay que confundir igualdad con uniformidad porque, afortunadamente, en lo real, en la existencia, cada uno es diferente, un mundo propio que así debe desarrollarse. Este es el fundamento de cualquier democracia. Lo contrario, el inicio de un sistema totalitario.
Pero en esas estamos. Nuestro Gobierno, con el beneplácito del resto de los grupos políticos, usa una dura vara de mandar para imponer medidas que tienen más de uniformidad que de igualdad. Así, se olbiga a que en las listas electorales haya paridad. Es decir, cuando se va a entrar en una lista, se mira antes que uno sea hombre o mujer que sus verdaderas aptitudes para el puesto. Eso es discriminación. Pura y dura.
Pero este sentido, torticero, bastardo, del viejo concepto de la igualdad va inundándolo todo. La ministra Bibiana Aído, abanderada del dislate, ha pedido que en todas las carreras universitarias se imponga la asignatura Igualdad como troncal. El Consejo de Estado anda ocupado mirando con lupa las leyes para que no se produzcan esos "abusos lingüísticos" que empujan a muchos a usar la pleonásmica fórmula de "todos y todas", por lo demás muy poco caballerosa. Si uno entra en la web de la Universidad Menéndez Pelayo, una de las dos de titularidad estatal, verá que más del 80% de los cursos tienen que ver con el feminismo disfrazado de armamento igualitario.
Lo peor es que la auténtica lucha de las mujeres se produce fuera de la política, allá donde profesionales y asalariadas de todo tipo luchan por sus derechos con su acción diaria, realmente esforzada y meritoria. Pero los políticos, en contra de la opinión mayoritaria de las licenciadas en Medicina, quieren imponer que el término "médicas" cuando ellas quieren ser "médicos". Sirva este ejemplo para ilustrar la siempre enorme distancia entre lo que quieren los políticos y la vida real.
De todas maneras, esta insistencia machacona y reiterativa del asunto me parece más una cortina de humo que otra cosa. Si continuamos alimentando la creencia de que los hombres son malísimos y la mujer es sistemáticamente explotada, se encienden los corazones, que así no pueden fijar su atención en los asuntos realmente importantes, en las necesidades que necesitan urgente solución: economía, sistema educativo, listas electorales abiertas, etc.
Porque a la postre todo consiste en luchar contra la discriminación. Abundan los estudios que afirman que los hombres cobran más que las mujeres en la misma situación laboral. Pues que se actúe rigurosamente para evitar algo tan injusto. Las medidas que intentan imponer la igualdad uniformadora son tan discriminatorias como la propia realidad que revelan esos informes. En el fondo, la gente como Bibiana Aído no dista mucho de los modos y trasfondos de los explotadores del sexo masculino, que no género.
P.S.: La tiranía igualitaria llegó a imponer penas mayores para el agresor masculino gracias a la unánimemente votada Ley contra la Violencia de Género. Un escándalo antidemocrático que, no obstante, funciona como si tal cosa. Sólo un país como España puede permitirse el lujo de que lo inconstitucional sea algo consuetudinario y generalmente admitido.
Amaneció este lunes con los periódicos publicando y analizando los detalles de los debates, negociaciones y posibles acuerdos de los magistrados del Tribunal Constitucional en relación con la sentencia que decidirá sobre la constitucionalidad del nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña. Curioso que, periódicamente, sean los medios de comunicación los que hagan públicas unas reuniones en principio secretas hasta que el fallo pertienente salga a la luz. Peligroso que, como las medidas legislativas y ejectuivas, las judiciales necesiten también de globos sonda que comprueben cómo reaccionará la opinión pública ante este o aquel giro.
Lo del Tribunal Constitucional es escandaloso. Debería haber sido renovado hace años. Pero como actualmente se enfrenta a esta importantísima cuestión, no conviene renovarlo. Porque no interesa ni a PP ni a PSOE, encantados con el equilibrio de poder dentro del TC, lo que demuestra claramente que nuestro poder judicial, más que intervenido, es manejado directamente desde las calles Génova y Ferraz. No hace falta ser un lince para darse cuenta de esto.
Por si fuera poco, estos señores, muchos de los cuales ya no deberían estar ahí, por ley, por pura deontología, por vergüenza ajena, llevan el asunto del Estatut con un retraso a su vez escandaloso. Porque, no lo olvidemos, esta norma lleva aplicándose desde hace tiempo y cuando llegue la sentencia habrá asuntos donde no será posible la marcha atrás. En apariencia, estos señores, más que defender la Constitución, están buscando una decisión de compromiso que satisfaga mínimamente a casi todas las partes. Y ya se sabe que nunca llueve a gusto de todos. Es previsible que la sentencia, hija de la parsimonia cobarde y la equidistancia sumisa, finalmente no termine de gustar a nadie.
Todo este escabroso asunto me parece, repito, escandaloso. Sin embargo, los medios de comunicación analizan qué supondrá esta sentencia según las quinielas que han tocado este finde. Es decir, analizan algo que aún no es firme... ¡ni público! Nadie levanta la voz para que, en este Estado de Derecho que proclamó la Constitución de 1978, se cumpla por una vez la ley. Aunque sea en el TC. Porque si no se cumple ahí, es lógico que en España el imperio de la ley, más que una quimera, sea un pitorreo.
Daniel Martín
A pesar de lo que muchos medios nos intentan vender, la crisis económica española no mejora, ni tiene visos de hacerlo. Sin embargo, la opinión pública parece ajena a nuestros problemas esenciales, y a menudo me digo que otro de ellos es nuestra pertinaz incapacidad para percibir que el emperador está desnudo.
Valgan los siguientes ejemplos para mostrar cómo vamos por el mundo:
- La Presidencia española de la UE, que nos vendieron como algo interplanetario, ha sido un fracaso absoluto. Sin embargo, ni siquiera la oposición ha hecho sangre. En Europa no pintamos mucho ni poco. Simplemente no contamos. España cada día es menos en el terreno internacional.
- La prensa del movimiento cada día resulta más parcial, tendenciosa y patética. Después de haber renovado créditos y alejado la amenaza de la quiebra, el grupo PRISA se ha lanzado a respaldar ciegamente al Gobierno. Hace unos días leí un artículo en ‘El País’ donde se decía que la subida del IVA no iba a afectar directamente a los ciudadanos. ¿Desde cuándo un impuesto sobre el consumo no afecta al consumidor? Julio será un nuevo comienzo de otra caída de la economía nacional.
- También se está haciendo campaña propagandística sobre las misiones “salvadoras” de las Cortes Generales, dispuestas incluso a trabajar en enero y julio. Pero, ¿para qué? En nuestro parlamento no se decide nada de interés. Es sólo una pantomima para revestir de legitimidad lo que está dominado por los partidos políticos.
- Ayer mismo me encontré a tres estudiantes de Bachillerato que ignoraban lo que significaba exilio. Mucha memoria histórica, pero se está vaciando de contenidos el sistema educativo. En serio, si no lo cambiamos, nuestra regresión cultura e intelectual será aún mayor que la que ahora poseemos. Y sin grandes cabezas que alumbren nuestros pasos, la mediocridad se apoderará del todo de nuestra sociedad.
- El juez Garzón siempre ha rayado en la prevaricación. Por ejemplo, cuando interesaba por la negociación con ETA, interpretaba la ley penal de una manera diferente a cuando ya no importaba. Ha abierto causas absurdas y muchas veces ha roto el principio de territorialidad. Aparte, ha sido un pésimo instructor cuyos sumarios mal hechos han permitido que muchos presuntos delincuentes hayan escapado de la cárcel antes de entrar en ella. Pero ahora se han iniciado contra él tres causas donde los propios jueces que le van a encausar son sospechosos de parcialidad. En definitiva, lo que queda claro es que nuestro poder judicial no es independiente, sino que sirve a los poderes fácticos de la partitarquía. Hasta tal punto que quizás los sospechosos del caso “Gürtel” se vayan de rositas a pesar de haber robado.
- A pesar de todo lo dicho, las dos principales cadenas televisivas del país andan enzarzadas en una polémica sobre la figura de Belén Esteban, por extensión de las de María José Campanario y Jesulín de Ubrique. No es que no miremos donde realmente hace falta, es que miramos a unos sitios...
Como digo siempre, esto es así y no creo que nada vaya a cambiar en breve. Por lo menos hasta que toquemos fondo del todo. El problema es que en estas situaciones nunca se sabe muy bien dónde está concretamente ese dichoso fondo.
Comencé hace 8 años escribiendo columnas en un periódico digital bastante conocido. Mis primeros acercamientos se refirieron al cine y la televisión. Luego, muy de vez en cuando, invité a leer unos cuantos libros. Después del 11M comencé a escribir de política porque creo que hay muchas cosas que cambiar en esta nuestra querida España.
Desde entonces, he combinado mis ínfulas culturetas con mi pesimismo sociopolítico. Terminada ya esa andadura, el cariño de muchos lectores me ha impulsado a, por fin, abrir mi propio blog para continuar diciendo lo que pienso para ver si mejoramos un poquito el panorama. En primer lugar, me servirá para quemar la mala sangre que este sistema partitárquico, tan arbitrario, inseguro y despótico, consigue acumular en mi organismo. En segundo, a mostrar mis pensamientos para ver si alguien me lee y no me siento tan solo opinando como opino.
A grandes rasgos, pienso que nuestro sistema no es representativo, que los partidos políticos funcionan más como empresas de colocación de sus afiliados y promotras del dinero cercano que como formaciones defensoras de los intereses de la nación, que los cimientos del desastroso edificio descansan sobre una pésima educación que maleduca a los nuevos y futuros ciudadanos en un conformismo completamente ajeno a cualquier atisbo de espíritu crítico, que así se explica perfectamente por qué somos el país donde nuestra "Primera Dama" es Belén Esteban y el estado de la cultura es pésimo, por no usar palabras más gruesas.
En el futuro escribiré en otros medios sobre cine y literatura, pero no creo que pueda decir las cosas que me queman con completa libertad en ningún medio. Así que aquí estoy, presentándome en este rinconcito de libertad internáutica. Creo que hay muchas cosas que cambiar, pero no tengo muchas esperanzas de que ninguna lo vaya a hacer.
El pasado puente he visto la televisión más de la cuenta. Más que un síntoma de la enfermedad nacional, la ínfima calidad de los programas que producen y emiten los canales españoles son un reflejo de nuestra depauperada realidad social. Que Belén Esteban se haya convertido en la gran diva hispánica y su vida y milagros en objeto de debate constante en dos de las principales cadenas dice mucho de lo poco en que consistimos. Que la Sexta, gran proyecto gubernamental y adalid del progresismo del absurdo que impera en lo superficial, sea la responsable de engendros como Generación Ni-Ni -un reality donde no sólo se producen agresiones sexuales que no se denuncian, sino que encima se emiten sin complejos por esa cadena que va de feminista y aperturista- muestra claramente la clase de hipocresía que gobierna el país. En esta columna he dicho en numerosas ocasiones que el principal problema que subyace en España es la naturaleza conformista y acomodaticia de la sociedad española. Aquí puede pasar de todo porque nunca va a pasar nada. Sometidos a la partitarquía, esclavos de un Estado que va más allá del bienestar, y engañados por un pésimo sistema educativo y unos incoherentes más convincentes -o eso parece- medios de comunicación paralelos a los principales centros de poder, los españoles pensamos que lo que hay no es tan malo y que por eso no merece la pena mover un dedo. ¿O, simplemente, pasamos de todo?
Por eso resulta reconfortante que, por una vez, un grupo de ciudadanos reaccione y se mueva para intentar cambiar algunas cosas. Aunque el asunto raye en la utopía. Hace unos meses se creó una web, deseducativos.com, donde maestros, profesores y expertos en la enseñanza denunciaban las enormes carencias del sistema educativo y planteaban sus propuestas de cambio. Ahora la cosa ha ido más allá, y se ha elaborado un manifiesto donde se exige que la nueva reforma educativa abandone muchos de los endémicos errores para luchar por una política docente que prime el esfuerzo, el rigor y el mérito -como bien puede comprobarse en www.manifiestomp.com-.
El texto no tiene desperdicio. Se pide que la psicopedagogía no tenga tanto poder sobre la educación ?a la que debería denominarse enseñanza? para que sean los auténticos profesionales los que decidan sobre el asunto; que haya mayor libertad a la hora de dar clase; que se alargue el periodo de Educación Primaria y ésta sea muchísimo más exigente; que el mérito y la excelencia, dentro de la igualdad de oportunidades, elimine esa uniformidad que se intenta imponer a costa de la individualidad de cada alumno; etc. Es decir, muchas de las cosas que yo mismo he planteado aquí junto a otras propuestas de gran calado.
Se puede o no estar de acuerdo con este manifiesto. Eso forma parte del juego democrático. Lo que no se puede negar es el mérito y la cualidad de extraordinario de una iniciativa que nace de la propia sociedad, sin subvención ni interés partidista de ningún tipo. Un grupo de ciudadanos, sobre todo profesores, ha decidido unir esfuerzos para remediar uno de los principales problemas de nuestro país. Seguramente el asunto no llegue a más, pero da gusto ver que no toda la sociedad parece un apático enfermo de muerto. Así es como deben comenzar las cosas.
Bonita y encomiable reacción la de estos amigos de la docencia, de la enseñanza. Un inmejorable punto de partida a la rebelión que la sociedad española debería comenzar contra el sistema partitocrático. Esperemos que, cuando menos, el ejemplo cunda y cada vez se oigan más voces de protesta contra los desmanes del poder establecido. Porque, desde luego, España no debe ser esto.